La noticia me cogió en Les, un pequeño pueblo de la Vall d’Aran, que celebraba su fiestas veraniegas. Mi móvil reventaba de mensajes de conocidos, unos preguntándome si estaba bien, otros haciendo de corresponsal proporcionándome una información ‘top secret’ sobre el atropello masivo que se había producido en las Ramblas de Barcelona. Una información que la había dado un ‘conocido’ que tiene Mosso d’Esquadra. No sabía que mi vida estaba tan rodeada de tantos ‘conocidos de mosso’.

Las fiestas de Les conmemoraban los 25 años de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Muñecos del ‘coby’, banderitas de todos los países y simulaciones de Freddy Mercuri y Montserrat Cabeller decoraban las calles. Familias enteras y amigos celebraban el verano en que Barcelona se colocó en el mapa. El año en que nos convertimos en una ciudad cosmopolita, abierta al mundo, diversa, respetuosa y demócrata. En el asfalto de una de las calles estaba pintado con spray ‘Barcelona’, a dos pasos ‘Berlín’, a cuatro ‘Londres’ y a seis ‘Madrid?’ -notase la ironía de los organizadores-. Los nombres de las ciudades olímpicas coloreaban el negro y caluroso asfalto pero muchas de ellas tenían algo más en común que la celebración de unos Juegos Olímpicos: habían sido zarandeadas por el yihadismo.

No sabía que un atentado en Barcelona me afectaría tanto. Supongo que lo veía como algo lejano, algo que pasa en otros países. En mi cabeza no paraban de rebotar las noticias que me iban llegando hasta que decidí no sacar el móvil del bolsillo hasta la noche. Todo lo que leía, escuchaba o veía estaba de más. En estos casos, el mal uso del medio convierte a las redes sociales en armas de información masiva que promueven el caos, la inseguridad y la incertidumbre.

De noche en el hotel y durante el viernes siguiente me fui informando poco a poco. Las malas noticias de cómo paso todo me iban encadenando en la rabia y la impotencia. Sentía rabia por el atentado en sí e impotencia por la ola de islamofóbia y racismo que produciría en una ciudad que amo tanto. Entonces, comencé a leer artículos sobre lo que han bautizado como la ‘Barcelona solidaria’. Los hoteles ponían disposición sus habitaciones a los residentes en la zona que no pudieran llegar a sus alojamientos, sanitarios de toda la ciudad llamaban a los hospitales ofreciendo sus servicios, colas para donar sangre, la desconvocatoria de la vaga de Eulen en el aeropuerto, taxistas haciendo viajes gratis para desalojar el centro de Barcelona a personas inundadas por el miedo. Pero lo que más me emocionó fue la asistencia que vecinos cercanos a la Ronda de Dalt dieron a los que estaban encerrados por el control policial que provocó colas de entre cuatro y nueve horas, llevándoles galletas y agua para que la noche no se les hiciera tan larga.

Me estaba impactando más el levantamiento solidario consecuencia del atentado que el ataque en sí. Sinceramente, no sabía que podíamos ser tan solidarios. En cambio, sí que sabía que había gente capaz de coger una furgoneta y atropellar sin reparos en nombre de un Dios. Después de los atentados en Barcelona y Cambrils me sorprendió que hubiese tanta gente buena y normalicé que existiera la mala. Entonces entendí que estamos más acostumbrados a las malas noticias que las buenas.

Pero claro entonces lo entendí. En los Juegos Olímpicos de 1992, Barcelona fue marcada como una ciudad más olímpica y 25 años después había entrado en la lista de las capitales europeas golpeadas por el yihadismo. Y recordé la canción emblemáticas de Peret en aquellas JJOO y me dije a mi mismo: Barcelona tiene poder. Lo tiene ella, como lo tuvo París, Bruselas, Manchester o Londres. O como lo tienen cada día Yemen, Jordania o Líbano, entre muchos otros países que sufren el yihadismo y no salen tanto en los medios. Porque los buenos somos los que tenemos poder aunque muchas veces no tengamos el poder. Porque nuestra fuerza reside en la diversidad, en la libertad de expresión y el respeto a otras formas de pensar. Prescindir de estos valores nos llevará por los mismos caminos de odio e intolerancia por los que vinieron ellos. No odiemos si no queremos ser odiados. Porque Barcelona tiene poder para amar, para acoger y respetar muchas formas de pensar ya sean políticas, religiosas o de condición sexual. Porque ‘Barcelona es poderosa. Porque Barcelona tiene poder.’

 

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Modificando un poco las palabras de Alessandro Di Battista, creo que la información política o la haces o te la hacen también. Tengo el Grado de Periodismo en la Universidad Internacional de Catalunya. La política me apasiona y explicarla y dar a conocer mi opinión todavía más. Vengo de un barrio de la periferia de Barcelona que tiene el honor de ser el distrito con más paro de la capital catalana, lo que me hace tener siempre los pies en el suelo. Me gusta decir las cosas claras tal y como son y como las pienso. Hay veces en la vida que la mierda hay que comerla con cuchara.

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