A lo largo de la historia política nos hemos encontrado multitud de personas que piensan que una democracia consiste solo en votar. Así, si la soberanía popular decide algo, se debe hacer tal, pues el “pueblo” así lo ha determinado. Es la democracia como poder del pueblo estricto, que solo consiste en elecciones y otros métodos de la soberanía popular. Un caso actual es el «socialismo del siglo XXI» que tenemos presente en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, por ejemplo. Estos socialistas, que poco difieren de los del siglo XX, toman como eje principal de su mandato la soberanía del “pueblo”, que los ha elegido, y ello les da, según el Chávez, Maduro o Correa de turno, legitimidad para hacer y deshacer a su antojo.

Pero la democracia no es solo votar y ni tan siquiera votar constituye un elemento democrático per se. A la hora de votar debe haber libertad y pluralidad de opciones (elecciones libres y plurales). Si se vota bajo coacción, cambiando las reglas del juego, o no hay pluralidad política, dicha votación no es democrática.

Como digo, la democracia no es solo votar. Hay más elementos que hacen de un sistema político que sea democrático. Una democracia también se caracteriza por la pluralidad y diversidad de opiniones. Por el respeto a la ‘minoría’. Sin diversidad ni respeto a la ‘minoría’ no hay democracia, sino tiranía de la mayoría (en sentido figurado, puesto que la tiranía es de una persona). Es por ello que hay elementos que entran en juego para que esto no ocurra. Por ejemplo, la división y separación de poderes, bajo la cual el poder judicial actúa como poder contramayoritario (para impedir el abuso de la mayoría y el salto de la ley).

Otros elementos fundamentales para que haya democracia es la libertad de expresión, la libertad de prensa (pluralidad de medios de comunicación e información) y la libertad de culto, como han desarrollado diversos politólogos de la talla de Giovanni Sartori, Juan Linz o Robert A. Dahl (quien introdujo el concepto de ‘poliarquía’, en referencia a lo que solemos llamar ‘democracia’), y otras figuras como Alexis de Tocqueville.

El pasado 16 de abril Turquía acudió a las urnas para decidir un referéndum planteado por el actual presidente, Recep Tayyip Erdogan. Dicho referéndum trataba una reforma constitucional por la cual se amplían los poderes ejecutivos del presidente. Entre las reformas, estarían, básicamente: la eliminación de la figura de primer ministro, otorgando al presidente sus funciones (se unen la jefatura de gobierno y la jefatura de Estado); todo el poder ejecutivo recaerá, por tanto, en la figura del presidente turco. El dominio del gobierno sobre las Fuerzas Armadas. El presidente podrá dictar decretos con fuerza de ley, algo que está actualmente reservado a estados de emergencia (como el que vive Turquía en la actualidad). Por otro lado, la intromisión del presidente en el poder judicial, con el control del Consejo Superior de Jueces y Fiscales y del Tribunal Constitucional. Un ejemplo: Erdogan podrá nombrar a 6 de los 13 miembros de dicho Consejo, mientras que los restantes los nombrará el parlamento, que si lo domina el partido del presidente, le asegura un control total sobre los jueces y tribunales. En definitiva, una reforma constitucional que amplía el poder de Erdogan y cercena todavía más la poca democracia que ha ido dejando en estos años.

En Turquía hay elecciones, sí. En Turquía votan. Pero en alguna ocasión, como denuncia la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) sobre el propio referéndum, sin garantías de haber sido una elección con el marco legal adecuado, esto es, contando votos reglamentarios, respetando el resultado y no cambiando la voluntad popular al antojo de Erdogan. Del mismo modo, la OSCE ha denunciado varias veces irregularidades en la campaña electoral, como la falta de transparencia en la financiación o el fraude electoral.

Si acudimos al índice sobre democracia que realiza The Economist, Turquía no sale demasiado bien parada. Ocupa la posición 97 (sobre 167 países) con una puntuación de apenas 5 sobre 10 (en la categoría de ‘régimen híbrido’, lejos de las categorías de ‘democracia defectuosa’ y ‘democracia plena’).

Acudiendo a Freedom House podemos tener una idea más clara de lo que es Turquía en relación con los derechos políticos y las libertades civiles. El resultado agregado ya desprende un profundo ambiente contrario a la libertad, alcanzando tan solo 38 puntos sobre 100 (donde 0 es ‘el menos libre’ y 100 ‘el más libre’). Por otro lado, sin sorpresas, el informe refleja el aumento del poder de Erdogan y la progresiva pérdida de libertades respecto al año anterior. En todos los ámbitos que mide Freedom House ha perdido puntuación respecto a 2016: procesos electorales, pluralismo político, gobernanza, libertad de expresión y culto (Erdogan está cambiando una Turquía laica por una Turquía islámica), libertad de asociación, imperio de la ley y autonomía personal.

Por tanto, en Turquía no hay democracia, pese a que haya urnas, debido a la poca seguridad que tenemos que sean elecciones libres y plurales. Por otro lado, un país que no alcanza una posición considerable en ningún ránking sobre democracia y libertades civiles y políticas. Desde la llegada de Erdogan, Turquía ha ido ampliando su déficit democrático. Con el resultado del referéndum, por el cual el presidente ampliará sus poderes, no me cabe la menor duda de que se irá ahondando el problema. Una vez más, un ejemplo de que votar no constituye per se una democracia, si no va acompañado de mecanismos como los que he descrito en este artículo.

Compartir
Artículo anteriorEl nuevo Presidente de NNGG del PP la ‘lía’ con Uber
Artículo siguientePatxi López, el candidato tapón
David Muñoz Lagarejos
Graduado en Ciencia Política y Gestión Pública por la Universidad Rey Juan Carlos. Estudiante de Economía en la UNED. Columnista en La Razón. Apasionado, además, de la Economía y la Historia. Por un mundo más libre, vacío de totalitarismos y de gente que impone sus ideas a los demás bajo la fuerza.

Deja un comentario