Dicen que un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, pero en el caso particular de España, yo diría no quién no la conoce, que también, sino quién termina olvidándola. Porque lo que se esconde detrás de todo lo que está ocurriendo con la figura de Juan Carlos I no es más que un proceso de olvido y deslegitimación de todos esos hechos históricos y trascendentales que envuelven la figura del ex monarca: la Transición, la Constitución del 78 y su papel protagonista en la consolidación de nuestra democracia.

Lo que ha ocurrido en Barcelona, con la retirada de la Medalla de Oro al Rey emérito, o en Cádiz, con el renombramiento de la ya antigua avenida Juan Carlos I como «Sanidad Pública», no es más que parte de todo este proceso mencionado. Un proceso comandado por aquellos que quieren acabar con el orden constitucional vigente y con la única institución que nos garantiza a día de hoy que el edificio no se termina de derrumbar.

Estamos educando a generaciones, (como confesaba el propio ex jefe del Estado a un amigo) que van a terminar conociendo al ex Rey simplemente por sus relaciones con Corinna, por cazar elefantes o por sus (todavía) presuntas prácticas delictivas. Para cuando nos queramos dar cuenta no quedará nada de esa figura que alumbró y pilotó la Transición a la democracia. Y es evidente que el hijo del Conde de Barcelona ha contribuido a ello, sin duda, donde en los últimos años de su reinado ha sido el propio enemigo de su legado, y no le eximo de sus errores, que la justicia actúe y haga su trabajo con independencia.

Pero no nos engañemos, a toda esta gentuza la corrupción les da igual, para ellos las corruptelas existen en función de quién, y ya sabemos que todo es un pretexto para cargarse la monarquía. Y esto viene de años atrás. Que inútiles de la política como Ada Colau o «Kichi», ejerzan de jueces y fiscales proponiendo y retirando medallas y avenidas, en pro de la «moralidad» y la «dignidad», no es más que el resultado y producto de una sociedad ya cada vez más carente de ese espíritu de concordia y convivencia que nuestros padres y abuelos sí supieron representar. Por no hablar del País Vasco, en donde EH Bildu ha obtenido 21 escaños, y de Cataluña, que se ha convertido hace ya tiempo en tierra hostil a la deriva sin nadie al timón.

Los anteriores Gobiernos de la Nación (al actual ni lo menciono siquiera) no han sabido transmitir de manera trascendental esos valores constitucionales, de respeto, y de orgullo por una bandera que nos representa a todos, porque como ha mencionado ya alguna vez el gran Fernando Savater, allí donde haya una bandera de España significa que mis derechos como ciudadano van a estar garantizados. Pero mucho me temo que en las últimas décadas la bandera nacional se ha identificado más como un arma arrojadiza, tanto por parte de una derecha apropiadora, como de una izquierda acomplejada y cobarde. Y existen verdaderamente generaciones perdidas.

Porque esto es un alegato no ya a la España de hoy, sino a la de mañana, porque ahí es donde viviremos y a la que pertenecemos. Y nos encontramos con una juventud que no sabe de donde venimos, ni de quién somos hijos. Somos hijos de la concordia, de la paz, de la reconciliación, y de una España que, tras siglos de guerras y miserias, ya no se enfrenta sino que convive.

Necesitamos un proyecto nacional como vacuna a ese viejo odio tan nuestro, reencarnar esa España del 92′, tan orgullosa y abierta al mundo, y un Gobierno leal, constitucionalista hasta la médula y profundamente reformista. Esta es, sin duda, la principal reforma estructural que tiene España. Sin ella no podrán venir las demás. Pacto educativo, revolución del mercado laboral, modernización y digitalización de la administración… Pero para esto quedan décadas, y habrá que empezar desde ya con los más jóvenes. El espíritu de la transición será la mejor guía para afrontar los desafíos que tenemos por delante, pues solo recordando de donde venimos, podremos avanzar hacia el progreso.

Felipe VI no podrá igualar la hazaña de su padre, pero tendrá la inmensa tarea de intentar representar en el mundo a una España más unida, orgullosa, y de recordar a los españoles de dónde venimos y quién fue Juan Carlos I, con sus errores y sus aciertos, que son inmensamente mayores, pero es que ahora que muchos políticos mediocres borran su nombre de avenidas y le retiran medallas, hay que recordar que su acierto es esta España, la de hoy, próspera, pacífica y democrática. Esa va a ser la labor del actual Jefe del Estado. Pero será exclusivamente nuestra la tarea, una vez más, de volver a ganar el futuro.


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