Apuntes en verde, blanco y verde

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[dropcap]L[/dropcap]a Autonomía andaluza ha cumplido 35 años. Un aniversario que ha de invitar obligatoriamente a la reflexión sobre qué hemos logrado, en qué hemos fracasado o qué nos queda por hacer. Sirvan estas líneas como breve aproximación a la cuestión andaluza. Unos trazos emanados de la pluma de un andaluz que se reconoce como tal, que entiende los defectos del actor colectivo al que pertenece, pero que defiende con saña el potencial de su tierra.

En primer lugar, quede claro, el proceso era justo y necesario. El empoderamiento de la sociedad civil andaluza tenía suficiente justificación al comprobar las condiciones de vida de la población meridional. El activismo autonomista pedía mayor autogobierno para escapar de la pobreza que atenazaba a Andalucía; una reivindicación que, articulada por millones de gargantas, impuso su clamor a los poderosos que la oprimían. Sin embargo, en algún punto, quienes habían de portar tamaño mensaje, lo tergiversaron para alcanzar sus intereses individuales. He ahí una de sus fallas esenciales: el poder político sin un proyecto económico solvente tan sólo reemplaza al cuerpo de mando. Cambian las caras, no la arquitectura.

Al tenor, contra-argumento una de las críticas más repetidas, la autenticidad histórica de Andalucía. Podría retrotraerme milenios, aunque ninguno de esos capítulos puede alegarse para ratificar nuestro derecho a la autonomía plena. Lo cierto es que la actual Andalucía desciende de los Adelantazgos cristianos. La composición político-social establecida tras la batalla de las Navas de Tolosa dio lugar a un sistema colonial que sentenció el porvenir del Mediodía hispano. Tierras y poblaciones se dividieron entre la Corona y las casas nobiliarias, que acumularon las utilidades que les proveían sus flamantes dominios para competir en influencia bien en la Corte, bien en el resto de la Cristiandad. El fenómeno continúa vigente. Parafraseando un famoso dicho, los andaluces ricos piensan en Madrid, los pobres, Barcelona; ergo, nadie piensa en Andalucía.

Ésta es una lastimosa realidad. La última EPA señalaba que el desempleo alcanza al 34,23% de la población meridional, a la par, la más joven de España, con una media de edad que ronda los 37 años. Con un tejido industrial ínfimo, la economía del Mediodía se asienta fundamentalmente en el sector servicios, concretamente en la actividad turística –sobre todo, de sol y playa- así como en la inmobiliaria. La tradicional preponderancia agropecuaria traspasó su peso a la hostelería y la construcción. El pinchazo de la burbuja del ladrillo desinfló la segunda, por lo que la mano de obra se decantó por la primera, con altas cotas de precariedad y estacionalidad. O sea, ya no sólo tenemos jornaleros del campo, sino de los hoteles, de los bares y de los restaurantes, siempre atentos a la temporada alta para emplearse.

Así pues, observamos una constante falta de oportunidades que empuja a la diáspora. Nicolás Salas inicia su imprescindible Andalucía, los siete círculos del subdesarrollo (1972) explicando que una de las mermas primeras del sur la encontramos en la pérdida constante de sus recursos humanos. Aún peor, hablamos de fuga de cerebros. Preparadísimas expediciones de jóvenes abandonan Andalucía en pos de los núcleos económicos españoles, Madrid y Barcelona. En los tiempos que corren, cada vez son más los que se marchan al extranjero, quién sabe si para no volver.

La autonomía andaluza, entonces, ha de profundizar en la consecución de mejoras económicas y tender a la providencia de felicidad para sus ciudadanos. Por ende, debe ahondar en el concepto de soberanía. Algo que los nacionalistas periféricos cuestionan con mayor virulencia que los ultracentralistas. En una ocasión, tuve oportunidad de oír de labios de un convergente que nuestra autonomía se les antoja infundada. “El café para todos resulta inviable”, me dijo. Ni que decir tiene, le contesté lo que sigue. Si mantenemos el paradigma actual, basado en cuatro territorios de primer nivel, y otros trece todavía muy tutelados por Madrid, rompemos la igualdad entre los españoles. Ello equivale a un acusado detrimento en el desarrollo de todos, con polos hipersaturados frente a periferias asoladas.

En este sentido, me declaro fiel del modelo federal no asimétrico. Mayor participación en la toma de decisiones, o un incremento significativo de cauces de democracia directa, ha de nutrir nuestro entramado nacional. Todo ello profesando los principios de solidaridad y cohesión. De ese modo, acabaríamos con las ostensibles discordancias que padece España, donde la construcción del AVE para Extremadura se toma como afrenta directa en Cataluña, pero nadie se detiene a explicar a los catalanes que sin unas adecuadas infraestructuras, las inversiones jamás llegarían la tierra de Cortés.

El proceso autonómico, lejos de haber terminado, debe continuar. Lo que no significa ipso facto independencia, por dos razones. La primera, no existe el pueblo andaluz, sino las gentes de Andalucía, quienes en ella viven, se desempeñan con esmero y enriquecen al conjunto de la nación. Somos tierra de frontera, y eso lo llevamos en la sangre; descendemos de una miríada de pueblos; todavía quedan un millardo más con los que mezclarnos. La segunda, Andalucía habría de configurar la vanguardia que permitiera brindar la autonomía plena al total de las regiones. Y es que el crecimiento de todos beneficia al conjunto: una Andalucía más fuerte aportaría más a la hacienda del Estado. Sea como reza el himno, por Andalucía libre, por España y por la Humanidad.

 

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