Ya no hay líderes como los de antes

0
126

[dropcap]V[/dropcap]ivimos en una etapa donde el liderazgo no solamente es inexistente sino que, además, está mal visto. Un concepto erróneo de la igualdad que ha impuesto lo políticamente correcto nos viene a decir que las sociedades no necesitamos guías ni liderazgos individuales, al revés: todo debe ser colectivo, ya que al ser iguales es preciso constituir equipos donde su cabeza sea, solamente, el primus inter pares. Hay quien aprovecha este vacío del mérito y de la excelencia para implantar un caudillismo efectivo que poco tiene que ver con el liderazgo democrático, como ha hecho Pablo Iglesias en el partido que él mismo creó. Pero en nuestro país existen dos no-liderazgos, o liderazgos tóxicos, que siendo tan diferentes comparten un elemento común: su supervivencia por encima de cualquier cosa. Es decir, que a ellos les vaya bien no significa que a nosotros, el colectivo, nos suceda igual. Hablo, como no, de Mariano Rajoy y de Pedro Sánchez, ambos representantes privilegiados del liderazgo inactivo y del liderazgo hiperactivo.

Que el PP ganó claramente las elecciones el 20-D es algo que solo los necios o los sectarios pueden negar. Que Rajoy las ha perdido una semana después, tampoco. La incapacidad del actual presidente del gobierno en funciones y líder del PP desde el 2003 es algo que ahora empieza a resultar tóxico y asfixiante a todo el partido conservador, aunque casi nadie se atreva a pedir públicamente la retirada del gallego y la regeneración del partido. Solo Aznar y Mayor Oreja. Es decir, dos a los que nadie hace caso. Pero este liderazgo inactivo que tiene consumidos a los dirigentes del PP no es una novedad en el presidente en funciones, sino un rasgo que le ha acompañado los más de 35 años de carrera que lleva en el poder. Porque Rajoy ha planteado que la mejor manera de hacer algo es no hacer nada. O mejor aún: que el peor problema es aquel que no tiene solución, porque la mayoría se solucionan todos por sí mismos.

Esto le permitió aguantar después del 2008 al frente del PP blindado por Camps y Arenas, dos símbolos evidentes de la corrupción penal y política de la derecha de este país. Nadie, entonces, tuvo la voluntad de enfrentarse a Rajoy, y los pocos que amagaron con hacerlo ya observaron la munición de infamias y calumnias que tenían los marianistas en la recámara. Como en el 2008 el poder del PP era extenso y se manifestaba en los ayuntamientos y CCAA, no existió una urgencia en desmontar la cúpula del partido y poner al frente a un nuevo líder que pudiera trastocar los equilibrios de fuerzas y reparto de cargos vigentes a lo largo del territorio nacional. Por esto, básicamente, siguió Rajoy en Génova 13. ¿Cuál es el problema? Que la cobardía y la sumisión de las élites de un partido la acabamos pagando los españoles durante 4 largos y duros años que han significado el gobierno de la nada del gallego y Soraya. Ahora que la derecha ha perdido gran parte de su poder y se enfrenta al abismo de perderlo todo definitivamente, Rajoy solo piensa en la posibilidad de seguir sobreviviendo a costa de no hacer nada, de que el tiempo haga el resto y unas nuevas elecciones lo eleven como el máximo estadista mundial de la no-política.

Pero en el PSOE la situación no es mucho mejor aunque Pedro Sánchez esté utilizando el espejismo del “gobierno de progreso y de izquierdas” para ganar tiempo de cara al congreso del partido fijado en mayo cuyo proceso arranca antes, a principios de abril. Sería ilógico que para la primera quincena de abril estuviésemos aún sumidos en la investidura del socialista, pero de cualquier manera los tiempos siguen estando muy ajustados.

El liderazgo de Pedro es, al contrario que Rajoy, hiperactivo. Y, además, prefabricado a base de eslóganes, personalización del partido y determinación obsesiva por alcanzar y mantenerse en el poder al precio que sea. De Rajoy nos decían que su no-liderazgo era, en realidad, una modalidad de liderazgo solo al alcance de mentes privilegiadas y analistas de los tiempos; de Pedro nos intentan convencer que su pulsión peligrosa por el poder es determinación y voluntad propia de un elegido por el destino para convertirse en salvador. “Hay que echar al PP como sea”, es la consigna que resume la principal motivación política de la izquierda actual en nuestro país.

Pero el candidato socialista se aleja, yo diría que bastante, del liderazgo político que precisan los partidos cuando aspiran a ser mayoritarios en una sociedad tan compleja y confusa como la española. Pedro Sánchez ha querido convertir un partido socialdemócrata de sólidas bases y estructuras en una organización donde todos sus recursos estén al servicio de su persona. Es decir, no ha buscado regenerar y rediseñar las disfunciones orgánicas del PSOE, sino transformarlo al más puro estilo de un partido americano. En este camino ha utilizado como instrumento a unas bases y a una militancia que las ha dividido entre aquellos que idolatran y promocionan el culto al líder y los demás, los que no lo hacen, y son señalados abiertamente como “enemigos del socialismo y traidores del partido”. Sánchez ha roto el equilibrio siempre frágil del socialismo con el objetivo de sobrevivir a sus continuos fracasos en política externa y en dimensión interna. Cuando alguien que se quiere llamar “líder” no asume sus limitaciones, habitualmente intenta disimular a costa de limitar a los demás. Si uno no puede crecer, al menos que mengüen los otros.

El denominador común de estos dos ejemplos lo encontramos en el método de supervivencia política a costa del partido, del país y de cualquier cosa que amenace el destino o el estatus del que se creen con derecho o mandatados estos representantes de los liderazgos fallidos en política. Hay que tener en cuenta que no siempre un candidato fallido es lo mismo que un candidato fracasado. Igual que la cara más amarga del destino perjudica y destroza a gente buena simplemente “porque estaban ahí”, hay otra cara que puede llevar a grandes cuotas a personas incapaces para gestionar dichas responsabilidades.

Para terminar, no vamos a señalar a Rajoy y a Pedro como únicos culpables de la baja y corta política que sufrimos en España, siendo sus máximos exponentes. Decía Ansón en una entrevista en EL ESPAÑOL, que el gran problema de los partidos en España no era la corrupción, sino su colección de mediocres y vividores analfabetos a costa de lo público. Y yo estoy totalmente de acuerdo. Cuando existen grandes líderes, potencian la excelencia y la valentía frente a los desafíos de cada época. En cambio los líderes impostados solo buscan su excelencia y permanencia rodeados de un ejército pretoriano de incapaces y palmeros donde “el poder” es el único desafío importante por el que deben preocuparse.