Gente joven, viejos hábitos

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[dropcap]C[/dropcap]osa sabida es que el brío de la juventud arrasa con el andamiaje del establishment, bien anclado por décadas de tranquilidad. Si algo temen las viejas guardias es un refresco de las filas. Apostar por la savia nueva deja en evidencia la escasa utilidad de los veteranos; cuando el pueblo reclama rejuvenecimiento, poco interesan los “años de experiencia”, una expresión a menudo tomada como eufemismo de caducidad, anquilosamiento o corrupción.

No es precisamente descubrir América afirmar que España exige caras nuevas. La crisis de legitimidad de la vieja política evidencia las ansias del electorado hispano por la entrada de remesas puras, ajenas a los vicios del pasado. Las formaciones más recientes han aventurado candidaturas de kilómetro cero, al tiempo que algunas de los partidos tradicionales han intentado reflotarse mediante la promoción interna de sus delfines adecuados. Sólo los más dóciles han ascendido, como Juanma Moreno en Andalucía o, si me apuran, Pedro Sánchez para el socialismo nacional.

Alcanzar una imagen inmaculada, no obstante  los beneficios de esta estrategia, conlleva dos carencias difíciles de sortear. De un lado, lo bisoño de los pretendientes, la falta de recorrido, facilita el contraataque de la oposición, cuyos voceros alertan sobre la plausible incapacidad para manejar administraciones complejas. Los reclamos de la gente joven, de otro lado, responden a las peticiones de quienes anhelan transformar el mundo, es decir, lograr auténtica justicia social. Unas reivindicaciones que la cínica realidad, ayudada por la malevolencia de políticos añejosos, convierte, ora en utopía, ora en peligroso extremismo. Podemos ha tenido que enfrentarse a estos dos caballitos de batalla, a los que ha respondido más mal que bien, me temo.

Albert Rivera sí ha conseguido acertar con su réplica. Iglesias, Errejón o Rodríguez para nada tienen que envidiar sus dotes retóricas; en cambio, sí debieran imitar la paciencia del presidente de Ciudadanos (C’s), una cualidad en absoluto desdeñable en política. Rivera lleva aspirando desde 2006 –año en que se dio a conocer con su célebre desnudo- a la más alta magistratura catalana, manteniendo, sin embargo, un discurso claramente antinacionalista. Pese a ello, C’s ha incrementado el número de escaños en el Parlament y, según sondeos, podría obtener el tercer puesto en las autonómicas de septiembre. Su principal nutriente, la fuga de votantes del PP, desencantados con la cleptocracia que parece implantada en el conservadurismo español. Un caudal electoral que le da el espaldarazo necesario a nivel nacional. De acuerdo con la encuesta de SER, C’s disfrutaría de un 19,4% en las generales.

Sin embargo, más sabe el diablo por viejo que por diablo, reza el refrán. Los resabios de la clase política tradicional peinan canas por una sencilla razón: su asequibilidad. C’s  tiene fácil acusar de complot bolivariano orquestado por Podemos al vídeo Desmontando a Ciudadanos. De la misma forma, Iglesias despide a Monedero por sus tropiezos, que olían demasiado a casta, en tanto pega un giro a la derecha –porque si estás en la izquierda y viajas al centro, eso en mi barrio lo llamamos ir a la derecha, chico. O sea, que el partido morado replica los pasos de González o de Rodríguez Zapatero, y los naranjitos van montando su propia paranoia orwelliana. Y eso todavía sin gobernar.

 


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