Y la vida siguió sin Lorca, como siguen las cosas que no tienen sentido

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[dropcap]E[/dropcap]sta semana, mediante la emisora de radio cadena SER, hemos accedido a un documento datado en el año 1965 donde se explica el asesinato de Federico García Lorca.

Para contextualizar la noticia, empezaremos por explicar el motivo por el que la 3º brigada regional de la Jefatura Superior de la policía de Granada decidió escribir sobre el crimen.

Marcelle Auclair, amiga de Federico García Lorca, se encontraba en París cuando la rabia por la desaparición de su amigo todavía no había desaparecido. Así, se dirigió a la embajada de España en su ciudad y le solicitó, al responsable de aquella oficina, establecer una conexión comunicativa con el fin de esclarecer la aniquilación del poeta. Este responsable emitió un parte de incidencia a la Jefatura Superior de Granada, de modo que los gerentes policiales decidieron escribir la culpa que llevaban dentro.

Como en aquella época no cotizaba ni la sinceridad ni la honradez ni, mucho menos, la transparencia, un superior decidió ocultar este informe. Debemos recordar que el asesinato de Federico García Lorca, el poeta que pedía libros para el pueblo en la misma cantidad que pan, construyó una sombra que planeaba sobre el régimen fascista; sombra que quisieron hacer desaparecer ocultando su responsabilidad.

Pues bien, este documento, al que ha tenido acceso Cadena Ser (ese es otro asunto…), acredita cómo murió el hombre de las letras: en las inmediaciones del lugar conocido como Fuente Grande, tras haber confesado (sin especificar qué confesó) y junto a otro hombre. Además, las razones por las que los hombres con balas y sin libros decidieron acabar con la vida de nuestro poeta son “por masón y prácticas de homosexualismo”

Tuvieron  que pasar cincuenta años para que supiéramos una cantidad mínima de datos que confirman una verdad universal: El régimen fascista no solo acabó con la vida de muchos españoles por el hecho de pensar diferente; el régimen fascista no solo persiguió a la libertad hasta apretarla para que no pudiera respirar; el régimen fascista no solo estableció el ruido de inquisidores; el régimen fascista también acabó con la cultura y con ella, Federico García Lorca, el poeta que avivó el fuego de nuestra reputación literaria, el poeta que lo cambió todo.

Cuando en un grupo de amigos, conocidos o familiares se habla de este suceso o de otros tantos ocurridos durante aquellos años en los que los principios se convirtieron en una razón para matar, siempre, alguien alza la voz para decir “hay que olvidar esa época, ha pasado mucho tiempo, eso ya no volverá a pasar”. Por suerte, siempre, alguien alza el corazón y dice “para poder perdonar se necesita, además de un arrepentimiento, un perdón”

 

 “Tristes guerras si no es amor la empresa. 

Tristes. Tristes. Tristes armas si no son las palabras. 

Tristes. Tristes.  Tristes hombres si no mueren de amores. 

Tristes. Tristes.”

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