Las encuestas y otros demonios

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[dropcap]C[/dropcap]ampañas electorales y encuestas van de la mano, aunque pese a los comités de campaña. Esta relación amor-odio no tiene un comienzo definido, si bien nadie yerra al sospechar que las candidaturas se montan en torno a los public issues, los temas de público interés, señalados en diversas publicaciones demoscópicas. Las encuestas, entonces, señalan sobre qué hablar durante la campaña.

Todo gira en torno a las encuestas, lo que no les resta falibilidad. Muchas veces, la confianza ciega en tales instrumentos ha producido verdaderas jaquecas a los directores de campaña, que hubieran preferido evadir todo lo referente a cuestionarios, valoraciones e índices variables. El proceso comicial, al final,  concluye de muy distinta forma a cómo lo dibujaba la dichosa encuesta. El ejemplo paradigmático en nuestro entorno, el PSOE post-zapaterista, que no alcanzaba las cotas auspiciadas por demoscopias partidistas. Excesivo bombo para tan poco petardo.

En cualquier caso, la obsesión por la sociología electoral se mantiene en el seno de nuestra clase política. Quienes aspiran a desempeñar un cargo público primero se instruyen denodadamente en barómetros, sondeos y demás prospectivas que les ayuden a conformar un grupo objetivo al que dirigir su discurso, a la par que puedan posicionarse en el espectro ideológico, o mejor dicho, en el escenario político. Luego de una adecuada exposición en los medios, las candidaturas retornan a los estudios sociológicos para comprobar si, en efecto, se han hecho hueco entre el escaparate de propuestas electorales.

El anuncio de nuevas encuestas, en este sentido, sirve para poner nombres y apellidos a las distintas ofertas electorales. Pocos toman en consideración a tal o cual formación si los sondeos no le conceden una intención de voto aceptable. Los medios ni le mencionan, sus adversarios les ningunean. Cosa distinta ocurre cuando el porcentaje alcanza cotas sustanciosas. Se suceden los insultos, los asesores investigan para desarmar al ignorado contrincante, se reescriben los discursos. Por ejemplo, en Francia, el propio Partido Socialista Francés exhibe en ocasiones tendencias xenófobas para sisar votos al Frente Nacional, como sucedió durante el incidente de la expulsión de una menor de etnia gitana procedente de Kosovo. El actual primer ministro galo, entonces ministro del Interior, Manuel Valls, afirmó del colectivo al que pertenecía la menor: “Su cultura es muy distinta de la nuestra. No se quieren integrar. La única solución es devolverlos a sus países”.

En período electoral representa el eterno retorno a las encuestas, como acredita la campaña andaluza de 2015. El avance sobre los comicios del próximo 22M publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) concluye que el Parlamento meridional pasará de tres a cinco grupos. Unos datos que, no obstante toda precaución, salpimientan la vida del observador político. Tampoco han revelado un porvenir irreconocible con el presente. Más bien demuestra que la penetración de nuevas fuerzas hasta hacerse reconocibles por la mayoría social. Asimismo, denota la corrosión de las formaciones tradicionales, presentes durante la Transición, y que, en definitiva, la población andaluza exige nuevas sendas, otros actores a los que encargar la solución de la situación actual.

El avance del CIS ha coincido con muestras ulteriores. Todas estas encuestas, por tanto, han disparado las cábalas para profetizar cómo ocurrirá la gobernabilidad de la legislatura que se avecina. Un PSOE con mayoría simple, insuficiente para administrar la región sin el apoyo de otros grupos, está abocado al acuerdo. A golpe de sondeo, los socialistas flirtean, ora con IU, ora con Ciudadanos (C’s). Tiradas de tejos que no le gusta nada al PP, que arremete contra el partido de Albert Rivera, su principal succionador de votos, y alerta a los disidentes que desertan de su bandería de que apoyar a C’s equivale a apuntalar a Susana Díaz en San Telmo otros cuatro años. IU, por su parte, asegura que dará una sorpresa, pese a los datos que facilitan las encuestas; y Teresa Rodríguez, que las encuestas demostrarán que Podemos no será un capítulo anecdótico en la historia de España.

Coincido con Rosa Díez: en el tramo final de la campaña se habla de mucho de pactos, poco de propuestas. La líder de UPyD, que vuelve a eclipsar a Martín de la Herrán, el candidato de su agrupación en Andalucía, también habla de los sesgos de las encuestas, en concreto de aquellas personas que aseguran que acudirán a las urnas, pero que no saben –o no quieren decir- a quién votarán. Entonces a Díez le ha traicionado su nerviosismo, pues su partido vuelve a quedar reducido a la insignificancia. La portavoz de la formación magenta, en una enardecida arenga, ha instado a dicho colectivo a “espabilar” y decidirse.

Yerra Díez en un punto clave, la ausencia de proposiciones firmes de la corriente campaña. Esa es la tendencia de la democracia española, acaso de todas las democracias. Se lisonjea rápidamente al auditorio hablando de tal o cual medida, conveniente con los datos facilitados por el muestreo. Luego se pone una cara visible, con buen porte a ser posible, y enésimo sondeo para comprobar qué sucede con el experimento. Luego tiene que representar adecuadamente, incluso magistralmente, su rol en la escena política. Para ello contará con la inestimable colaboración de asesores y medios afines, que sacarán todo el partido a su cuidada apariencia y le escribirán discursos configurados con los ingredientes indispensables que les confieren las encuestas.

El marketing, en definitiva ha sustituido el intercambio de ideas. Lo demás es pedirle peras al olmo.

 

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