Federalismo, sí. Naciones, también

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[dropcap]C[/dropcap]uando hablamos de federalismo debemos considerar cuál es su importancia, ya que más del 50% de la población mundial vive bajo su forma. España es el único país donde federalismo es sinónimo de fractura, caos o anarquismo. Los últimos tiempos vienen a demostrar como la consideración anárquica del federalismo está en decadencia. Y es que detrás de la idea de federalismo reside no sólo la idea de gobierno multinivel, sino también la división de la soberanía mediante el autogobierno y el gobierno compartido, cosa que en ciertos sectores, principalmente de la derecha más rancia, no gusta.

El desafío soberanista catalán, entendido desde el contrapunto a la beligerancia, ha detonado en las fuerzas políticas la movilización contra la pretensión secesionista bajo la demanda de más soberanía. La vía federal es, inequívocamente, la solución más oportuna y adecuada para el desafío territorial que se plantea.

De la mano del federalismo van conceptos llenos de positivismo como cooperación, solidaridad, coordinación, pacto o acuerdo. Palabras que llevan a entendernos y a respetarnos. Respetar la diversidad y la pluralidad. Debemos entender que no somos iguales en los cuatro puntos cardinales del Reino de España, y por ello el reconocimiento de las naciones es un ingrediente imprescindible para el éxito de un Estado federal plurinacional. Pero para llevar esto a cabo, la reforma constitucional debe ser una prioridad política en el corto y medio plazo a la chapuza territorial del 78, donde por ejemplo no se especifica cuáles son las atribuciones políticas y jurídicas de la nacionalidades y las regiones por lo que su diferenciación es puramente nominal.

Queda ya muy lejos el reclamo de la Soberanía desde la cual se proyecta un centro monopolizador del poder, diluyéndose cada día un poco más. La inclusión en la Unión Europea o la globalización son sospechosas de volatilizar el ámbito competencial del Reino de España, y más especialmente el de las Comunidades Autónomas. El concepto clásico de Estado-Nación está obsoleto. De este modo, no es entendible el pseudonacionalismo chouvinista español que reclama para sí la Soberanía Nacional contra las reivindicaciones nacionalistas. Aún tenemos en nuestra memoria más reciente el empeño de españolizar a los niños catalanes del Ministro Wert.

Para poder entender el federalismo debemos prestar atención a su propia etimología, el federalismo remite a la construcción política de la confianza (fides) y el pacto entre iguales (foedus). Muchos se empeñan en que el cambio al modelo federal llegaría con un simple cambio de rótulo manteniendo las mismas estructuras. Estas personas se equivocan, y su explicación radica en la Sentencia del Tribunal Constitucional del 2010 sobre el Estatuto de Cataluña, quien vino a reafirmar la indisoluble “nación española” y que se configura como el clímax de un proceso recentralizador que viene reafirmando el Partido Popular desde el segundo Gobierno de Aznar. El proyecto federal no se entiende sin dos premisas, el autogobierno y el gobierno compartido, esto se gana únicamente conciliando una mayor autonomía política de las naciones y regiones siendo cómplices en un proyecto común. Una necesidad básica que reside en la voluntad de cada ciudadano y que desemboca en la asociación y el respeto al espacio común a la vez que en el espacio particular.

Al igual que las personas, las identidades políticas y culturales tienen proyectos particulares y comunes. Intereses o necesidades que llevan al conflicto, a tensiones que son necesarias que se encauzan bajo la adaptación y el aprendizaje al igual que hacemos las personas. Los conflictos son algo inherente a la condición humana y es por ello que la confianza es un factor fundamental. El federalismo es por lo tanto la solución natural al conflicto constructivo bajo la reminiscencia de la confianza y el pacto de la que es deudora.

Thomas Jefferson y Madison, los Padres Fundadores de los Estados Unidos, entendían que los diferentes Estados de la Unión son diferentes opiniones públicas con intereses y preferencias particulares porque tienen una cultura, una economía o una historia propia y por lo tanto debían ser expresados en Estados y no como un único pueblo, el de la Unión. A las naciones y regiones del Reino de España les ocurre algo semejante, por lo que la experimentación política es imprescindible en un proceso federalizante. Aquí reside la principal equivocación de la iniciativa de reforma territorial que pretende el Partido Socialista. Es la iniciativa política la que debe preponderar sobre el derecho, sobre la norma, porque no existe otro modo de llegar a un pacto entre iguales.

España debe volver a ganarse la confianza del pueblo catalán, vasco y gallego convirtiéndose en deudora de la pluralidad que se le ofrece, abandonar las pretensiones centralistas que desde un punto de vista económico es ruinosa por la falta de computación de la información y reorganizarse en red, pasando de la verticalidad a la horizontalidad, juntos pero separados, con competencias propias pero coordinadas (federadas) y fundamentadas en el pacto y la confianza. No menos importante es el reconocimiento de la diversidad cultural y su deriva política en la que se debe asentar, reconociendo en lo político y en lo jurídico los elementos diferenciadores para garantizar la unidad en la diversidad.

 

Artículo de opinión de Diego Mo Groba publicado el 12 de agosto de 2014 en Publicoscopia.com

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