Silencio tras un viernes 13

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[dropcap]V[/dropcap]iernes 13 de febrero. Un estruendo fantasmagórico azota Casa Rosada. A la manera de Hamlet atendiendo a las demandas del rey espectro, el fiscal Gerardo Pollicita materializa las últimas voluntades de su malogrado colega, Alberto Nisman, fallecido en extrañas circunstancias. Pollicita emite un requerimiento pidiendo la imputación de altos funcionarios y notables personajes de la política argentina. Desde entonces, la espada de Damocles pende sobre algunas testas coronadas del kirchnerismo (K), como, entre otros, Héctor Timerman –ministro de Exteriores–, Luís D’Elia –destacada figura del sindicato Central de Trabajadores de la Argentina (CTA)-, o Andrés Larroque –diputado K y una de las caras visibles de la agrupación militante La Cámpora. Pero la denuncia retumba, ante todo, por pedir la cabeza de la mismísima presidente nacional, Cristina Fernández de Kirchner, popularmente denominada CFK.

Pongo en antecedentes. El 18 de julio de 1994 tuvo lugar el mayor atentado de la historia en suelo argentino, que se saldó con 85 personas muertas y 300 heridas. El objetivo, la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), organización social y think tank sionista en el país austral. La autoría, aunque no esclarecida por completo –he ahí parte del problema–, apunta a agentes iraníes en lo intelectual y logístico, y a militantes de Hezbolá como perpetradores. El móvil, la presión que la AMIA ejercía sobre el gobierno argentino para paralizar la venta de armamento nuclear al régimen de los ayatolás, así como su difusión del prontuario sionista tanto en Argentina como en Latinoamérica. ¿Qué tiene que ver todo esto con CFK? Pues que la actual jefa del Estado argentino habría, presuntamente, encubierto a los artífices de la matanza a cambio de reabrir relaciones comerciales con Irán.

Para nada pongo en duda que la operación de denuncia consiste en “una clara maniobra de desestabilización”, como señala Aníbal Fernández, secretario general de la Presidencia. Él, en cambio, la tilda de “antidemocrática”, yo no aventuro tanto. Poco ética, sí, como siempre que se emprende una campaña negativa. Los comicios presidenciales están a la vuelta de la esquina, el próximo 25 de octubre. Cualquier perturbación del oficialismo beneficia a una oposición que ha vivido en letargo durante la mayor parte de la “Década Ganada”. Un período que ha conocido una revalorización sustancial de la persona presidencial rozando el misticismo. Así, durante la campaña de reelección, CFK utilizó como hilo conductor para relacionar los logros K la anáfora “¡Él vive!”, en referencia a su esposo, el expresidente Néstor Kirchner, fallecido en 2010.

Por otro lado, el kirchnerismo cuenta con decenas de enemigos acérrimos y declarados, labrados con el mayor de los esmeros. Los síndicos Hugo Moyano y Luís Barrionuevo salvaron diferencias para amasar un bloque gremialista anti-K que unifica el discurso de las dos ramificaciones de la justicialista Confederación General del Trabajo (CGT). Sergio Massa, ex jefe de Gabinete K –homólogo al ministro de la Presidencia-, ha articulado una alternativa por la derecha, Frente Renovador (FR), favorita para suceder a CFK, según las encuestas. Precisamente dentro del FR se ha integrado José Ignacio de Mendiguren, ex titular de la patronal industrial y eventual aliado del oficialismo.

Ahora bien, si existe quien haya rebatido con cierto éxito el poderío de CFK ése ha sido el Grupo Clarín. El holding de la familia Noble ha seguido, históricamente, una línea editorial ambigua. Sus mayores críticos han subrayado su postura siempre complaciente con el poder, tal y como sucedió con el primer kirchnerismo. Las desavenencias ocasionadas por la dinámica de quién sojuzga a quién –si el Gobierno al multimedio, o viceversa- condujo a la aversión mutua. El ejecutivo K asumió el lema “Clarín miente”; además, aprobó una Ley de medios claramente contraria a los intereses de la corporación, entre otras maniobras hostiles. Por su parte, Grupo Clarín ha destinado vastos recursos para desgastar a la administración CFK. No han perdido cuidado en airear cualquier trapo sucio que incriminase a las autoridades K, así como evidenciar la inviabilidad de su modelo socio-económico. Una guerra sin cuartel donde las informaciones acerca de las luchas internas, las acusaciones de enriquecimiento ilícito, las alertas sobre la inseguridad o la irrefrenable inflación, han colmado los contenidos del multimedio.

El 18 de febrero se celebra la Marcha del Silencio. Una muda procesión multitudinaria a la que asiste la crema anti-K: el ya mentado Massa, Mauricio Macri, Martín Lousteau, Victoria Donda, Hermes Binner, Margarita Stolbizer, Julio Cobos, Ernesto Sanz, Pino Solanas, Gabriela Michetti,  Patricia Bullrich, Ricardo Gil Lavedra, y así un larguísimo etcétera que viaja desde el liberalismo conservador hasta el socialismo marxista más tradicional. Un callado acto que, según el rotativo conservador La Nación, “ha tonificado la voluntad ciudadana de no resignarse, bajo ninguna circunstancia, a dar por perdidas las esencias republicanas”. Un taciturno evento que acaso forje a base de titulares los últimos clavos del ataúd donde yacerán para siempre jamás los restos de la “Década Ganada” K.

25 de octubre de 2015. A menos que ocurra un giro inesperado, que no imposible, la Historia engullirá al kirchnerismo hasta plasmarlo capítulo reciente de la memoria colectiva. El ciclo vital de las cosas transcurre como el de los organismos vivos, pues nace, crece, madura y muere. Néstor y Cristina, el Modelo y su inevitable profundización, K y anti-K se convertirán en palabras que, hemeroteca mediante, tropezaran en labios caducos, abocados al silencio.