Quizás la Monarquía haya llegado a su declive, quizá ese declive ha nacido para convertirse en un medio para que ciertos partidos se aprovechen electoralmente. Solamente, quizás, una monarquía en pleno siglo XXI sea vista como una ofensa a la democracia, pero esta monarquía ha sabido mantenerse.

Ha sabido mantenerse porque no se la ha cuestionado como se merece. La mera existencia de una Monarquía española viene en relación a que la Jefatura de Estado les avala el mero hecho de existir.

Si queremos cambiar la Jefatura del Estado, es necesario cuestionarse la propia Monarquía y su uso vital en nuestra democracia. A la vista de los resultados de la encuesta de la Plataforma de Medios Independientes (PMI), publicada el pasado 12 de octubre de 2020, sobre la Monarquía, me centraré en explicar lo acontecido y de opinar respecto a la clara evidencia del resultado de la encuesta.

La Monarquía es una institución abocada a la desaparición y al fracaso. Una institución que no se renueva, que desciende del declive de un régimen dictatorial y que mantiene las costumbres del siglo XX. Es fácil cuestionarse acerca de la utilidad de la Monarquía hoy en día, y, en su mayoría, los grupos parlamentarios más situados a la izquierda lo tienen claro; no se puede continuar con la Monarquía.
En cambio, para los defensores de la Monarquía, más situados a la derecha, creen firmemente que esta Institución es un bien necesario para el mantenimiento de nuestra democracia.

Conocemos el concepto de la monarquía desde siempre, una persona (y su familia), tienen el derecho divino a gobernar a sus súbditos, así ha sido hasta el siglo XX, al menos en España. Pero ese concepto arraigado al propio término sigue enalteciendo esos valores del Antiguo Régimen, y muchos lo ven como un atraso, una degradación a la democracia e incluso un reducto del franquismo.

Muchos pueden proclamar con que la Monarquía Española otorga estabilidad, e inmediatamente se tacha de anticonstitucional el mero cuestionamiento de esta Institución; cuando el inconformismo está escrito en nuestro ADN. Me apena la conformidad de muchos politólogos respecto a la simpleza con la que resumen su falta de criterio.

El propio cuestionamiento de una Institución como la Monarquía Española, les ha servido a muchos partidos políticos a definirse y a situarse en el espectro político. Bien es cierto, que no es la única distinción donde se podría cuestionar, también se encuentra la diferencia de edad. La mayoría de los jóvenes no cuentan con la suficiente cultura política para poder esclarecer una posición respecto a la Monarquía, pero bien es cierto, que existe una clara evidencia a la desaparición de la Monarquía.

En contraposición, las personas de mayor edad, sobre todo las vivientes en 1978, sugieren una ligera tendencia al mantenimiento de la Monarquía. En resumen, podemos indicar que aquellas personas que han vivido un mayor tiempo bajo una democracia parlamentaria y la dictadura franquista tienden a que esta Institución se mantenga.

Sin embargo, las personas que han nacido en la democracia (en su mayoría) se cuestionan el funcionamiento de esta Monarquía, y mucho más debido a los casos claros de corrupción por parte del Rey emérito y a sus múltiples escándalos.

Pero, ¿hasta qué punto el grado de disconformidad con la Monarquía es culpa de la degradación de las democracias occidentales? Bien es cierto que la inconformidad con la Monarquía viene en paralelo con la efectividad del resto de las Instituciones, pero, ¿hasta qué punto es culpa de la democracia la futura desaparición de la Monarquía?

Absolutamente ninguna, las autocracias existían antes que la democracia, y es un reducto del pasado. La democracia, en su propia esencia, no cabría la posibilidad de convivir con una Monarquía, ni cuanto se adapte ni cuanto figure en una constitución.

Como factor esencial, una democracia se compone de libertad, de liberación por parte del que es gobernado. Por lo tanto, el desagrado hacia la Monarquía seguiría existiendo, aunque el resto de Instituciones funcionasen y los ciudadanos lo viéramos.

Es más, el fruto de la inconformidad del resto de las Instituciones podría ser consecuencia de una Jefatura de Estado que no se ha elegido democráticamente. Porque la democracia vive, y los ecos del pasado deberían quedarse como ecos.


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