Viendo en familia una de las cadenas televisivas patrias, me quedé por un instante sorprendido al comprobar que en uno de los anuncios -no recuerdo de qué-, la “voz en off” que se oía en el mismo dijo algo así como “volveremos poco a poco a la normalidad”. Si, dijo a la “normalidad”, no a la “nueva normalidad”, expresión que, a mí particularmente, no me atrae mucho. El que no me guste no quiere decir que no sea evidente lo difícil que va a ser recuperar la España de antes del 14 de marzo. La “nueva normalidad” huele a crisis económica y social, y la aspiración de la inmensa mayoría es recuperar su antigua normalidad. Complicado, lo sé.

Hay “cosas nuevas” que han entrado en nuestras vidas para quedarse durante un tiempo. Llevar mascarillas, guantes -o no- o mantener la distancia de seguridad, mejor dos metros que metro y medio,… Medidas sanitarias obligados a acatar -yo así lo hago- si queremos evitar la propagación y rebrotes del COVID-19.

Puede que esa “nueva normalidad” nos traiga situaciones que nunca habríamos esperado que se produjesen. Y me refiero a ver cómo se escracha a quien, no hace tanto, defendía que los escraches son “jarabe democrático”.

La palabra, y la acción, “escrache”, traída a España desde Argentina como modo de protesta, podría ser sinónimo de “acoso” y, vaya por delante, que a un servidor ni antes me gustaban los escraches ni me gustan ahora, sea quien sea el objetivo del acoso y, por tanto, lo condeno. Pero, tal vez, esa “nueva normalidad” que está llegando a nuestras vidas nos trae novedades como que el Vicepresidente Segundo del Gobierno de España, Pablo Iglesias, manifieste, después de haber sufrido un escrache, que este tipo de acciones pueden conllevar “situaciones de crispación que nadie deseamos”.

Sorprende contemplar que, quien consideraba a los escraches como “jarabe democrático” y que generaron en su momento crispación social, ahora, veladamente, manifieste cierta condena de esos actos, precisamente, porque pueden llevar a un ambiente social crispado. Y peor es cuando, al referirse a que esa crispación social pueda generalizarse, llegue a señalar a adversarios políticos como posibles objetivos de nuevos escraches.

Cuando en el pasado, los escrachados fueron otros como Esteban González Pons, Cristina Cifuentes o Soraya Sáenz de Santamaria -en este último caso, la entonces Vicepresidenta del Gobierno no estaba en su domicilio, pero si su hijo y la abuela del pequeño-, los dirigentes de Podemos más que condenar dichos actos, los justificaron, los jalearon y hasta los protagonizaron. Entonces entendían que los acosos a políticos en las antípodas ideológicas estaban “legitimados”, aunque es ahora cuando Iglesias considera que es algo “malo” y que “contribuye a la crispación social”.

¿Crispación social? ¿Hay motivo para ello? Desde luego para acosar al político que sea, por muy nefasta que sea su gestión, realizando escraches junto a su domicilio, no. Pero puede que podamos encontrarnos con motivos para que haya ciudadanos que protesten, aunque yo lo hubiera dejado para los balcones. Y es que, ante la falta de transparencia por parte del Gobierno de Sánchez, de no dejar claro desde el primer momento todo lo que una gran parte de la ciudadanía quería y quiere saber sobre la crisis sanitaria del COVID-19 en España, muchos son los que sienten que el Gobierno no sólo ha ordenado su confinamiento, sino que, cuando es más necesario que nunca y precisamente por acatar el estado de alarma, no les está dando toda la información, no les está diciendo toda la verdad sobre la mayor crisis sanitaria, social y económica que estamos viviendo en mucho tiempo.

Es un Gobierno con tendencia a la opacidad en su gestión. Recuerden cuando, por parte del Gobierno de Sánchez, se adquirían test fallidos o mascarillas defectuosas que pusieron en riesgo a muchos profesionales sanitarios, sin que revelasen los datos del proveedor. O no querer facilitar los datos del llamado comité de expertos. O afirmar que la Universidad John Hopkins situaba a España en el quinto puesto de realización de test totales, cuando se evidenció que era totalmente falso. Cuestiones como estás y otras más han generado desconfianza e incredulidad en buena parte de la ciudadanía española, que se ha encontrado con más sombras que luces en la gestión de la pandemia en nuestro país. En Democracia y tal como se nos ha enseñado desde hace tiempo, las instituciones públicas han de ser transparentes, lo que genera más confianza en la ciudadanía. Y esa confianza, en una situación de alerta sanitaria como la que vivimos, predispone a estar plenamente concienciado con las medidas derivadas del estado de alarma. Faltar a esa confianza, supone que buena parte de la población cuestione, no ya las medidas de protección, sino la gestión del Gobierno.

La “nueva normalidad” no augura nada mejor que nuestra anterior normalidad. Sánchez podía haber conseguido hallarse a la par de Antonio Costa, Primer Ministro de Portugal, quien desde el primer momento obtuvo el apoyo del líder de la oposición, porque Costa se sometió en todo momento al control parlamentario de la Asamblea portuguesa, sin escatimar información. Pero aquí, en España, el Gobierno ha preferido el enfrentamiento, que podía haber evitado, y eso se ha trasladado a las redes sociales, a los medios de información y a las calles, aunque yo, de momento y si hay que protestar, sigo prefiriendo los balcones.

1 COMENTARIO

  1. Totalmente de acuerdo con el artículo, no lo habría descrito mejor, es la opinión de una gran parte de la ciudadanía española y también probablemente de la no española… Pero como se suele decir, a veces hay que probar de nuestra propia medicina para saber lo que significa, si, lo digo por Pablo Iglesias, lo mismo ahora no le parece tanto un jarabe democrático… Y, por supuesto, yo también quiero la NORMALIDAD a secas, el invento de la NUEVA NORMALIDAD, no da buenas sensaciones…

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