“Dar la voz al pueblo no es un delito; es una obligación”, pontificaba Artur Mas. Si no fuera porque es el presidente del partido del 3%, el responsable de los mayores recortes en Sanidad de Cataluña, continuador del modelo económico de la Moncloa, culpable de que su partido pase de la primera formación en número de votos a la cuarta en Cataluña,…, cabría en sus palabras significado alguno.

Artur Mas se ha convertido en una diana colectiva. Las flechas de los sectores más patrios hasta los independentistas escorados a la izquierda se dirigen a Mas. Trocó la línea ideológica de CiU, costase lo que costase. Sin embargo, este viraje tenía un trasfondo: ocultar sus fracasos políticos.

El año 2010 amanecía como prólogo del golpe de gracia que sufriría el PSOE de Zapatero. Un año antes, el PSOE había sido derrotado en las elecciones europeas por el PP de Mayor Oreja, lugarteniente del eterno Rajoy. En Cataluña todavía se mantenía un gobierno tripartito que aupaba a la presidencia al socialista Montilla. PSC, ERC e ICV-EUiA se habían apoderado del Parlament. Pero ese 2010, las derechas, que se habían robustecido, desalojaron a este gobierno. El PP de Cataluña, que otrora hablaba catalán en la intimidad, antes de cantar eso de “Pujol enano habla castellano”, apoyó a CiU. Si este panorama se nos presenta hoy, muchos de nosotros habríamos adjudicado esta situación a un par de carajillos. Pero no. El panorama político ha mutado: la CiU de mano del PP, en el 2010.

La primera legislatura de Arturo Masía comenzó con un afán de imponer sus políticas liberales. Sobre la relación catalana con España, siendo jefe de la oposición catalana, proclamó: «El concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado. Yo apuesto por la España plurinacional». Antes de que consumiera la mitad de su tiempo, llevó sus ojos a Euskadi. En la tierra de los vascones, el lendakari Ibarretxe había logrado un acuerdo, denominado fastuosamente como “el concierto vasco”. Arturo Masía bulló la envidia que le generaba ese especial trato, y así se lo manifestó al recién electo presidente Mariano Rajoy, presidente de sus aliados en el Parlament. Arturo Masía pensó que estas demandas serían conducidas por las sendas del Estatut de 2006, durante el primer gobierno de Zapatero y su talante. Empero, se encontró con un dique inmovilista, reacio a dialogar con secesionistas.

Arturo Masía, con ayuda del obispo Sistach y algún que otro colaborador, se bautizó de nuevo. Se pasaría a llamar Artur Mas. La CDC que pilotaba, regionalista y catalana, se convirtió en independentista y nacionalista. El mejor ejemplo es que las declaraciones recogidas en el párrafo anterior se convirtieron en éstas que compartió en TVE: «Como presidente de CiU no provocaré un proceso rápido que divida al país: con una mitad a favor de la independencia y la otra en contra». Artur Mas, incapaz de mantener los vínculos con sus aliados azules, celebró elecciones generales anticipadas, en 2012. Pese a la leve reducción de votos, logró revalidar su primera posición como partido. Para sorpresa de muchos catalanes, el president pactó con ERC.

En la segunda legislatura de Mas, trató de identificar al procés consigo mismo y con CDC, para irritación de la CUP de David Fernández. Adoptó un discurso más agresivo y radical, llegando a ausentarse en las citas nacionales. Jaleado por Junqueras y ganándose la confianza de Fernández, Mas se convirtió en el icono independentista. Pronto se olvidaron que los Mossos d´Escuadra que su administración regía apalearon violentísimamente a un grupo de manifestantes del Parque de la Ciutadella en año antes. Ya no era el burgués conservador que seguía imponiendo el rodillo de los recortes y de las medidas liberales sobre el pueblo catalán: no. Y para colofón hilarante, los medios liberales españoles se empeñaban en relucir los orígenes alto-económicos del nacionalismo, así que como el problema de los rótulos y la presunta Stasi que dominaba Cataluña.

En 2014, la tensión en Cataluña alcanzaba unas grandes cotas. El 9 de noviembre, día festivo en la Madrid capitalina, Mas orquestó un referéndum sobre la independencia. Estas votaciones carecían de licitud jurídica y no fue respaldado por más del 33,3% de los llamados a las urnas, de los que un 80% se postularon a favor de la independencia. Meses más tarde, tratando de maquillar con apariencia legal el plebiscito, convocó otras elecciones anticipadas para 2015.

Las primeras consecuencias del giro de CiU que afectaría a Cataluña cosechó sus primeras víctimas en el mismo partido. CiU, coalición más antigua del Estado español, se disgregó: por un lado CDC, derecha independentista y nacionalista, y UDC, democracia de inspiración cristiana catalanista. Más tarde, el acólito de Pujol pactó con ERC, hija de Comanys y Maciá, para crear Junts pel Sí. El icono Mas no caía simpático a la mayoría social catalana, y resolvieron desterrarlo hasta la cuarta posición. En primer lugar, el ex-eurodiputado de ICV Raül Romeva. En el segundo puesto, Forcadell, de ANC. Después, la difunta Muriel Casals, de Ómnium Cultural. Luego, Mas y Junqueras. Las afirmaciones de Mas anteriormente recogidas fueron nuevamente modificadas: «Si tenemos mayoría en el Parlamento catalán, continuaremos (el proceso). Si también tenemos mayoría de votos, será absolutamente claro».

JxSÍ sumó menos votos que la unión anterior de CiU y ERC. Los resultados fueron agridulces. Mayoría absoluta, con respaldo de la CUP. En votos, fueron vencidos por quienes no querían la salida de Cataluña de España. No obstante, se alzaron los que deseaban un referéndum. Las masadas prosiguieron: Mas anhelaba constituirse nuevamente con president. Pero la CUP de Anna Gabriel no iba a entregar gratuitamente el ejecutivo. Así pues, luego de fracturar el partido en una votación, se determinó que la CUP entregaría los diputados necesarios para investir a un candidato de JxSÍ diferente a Mas. El dedo presidencial se posó sobre el alcalde de Gerona, Puigdemont. Y Mas quedó relegado a diputado raso.

Pero sus andanzas continúan. Lideró el cambio de la CDC, demasiado denostada por su ringla de corruptelas, que sería denominada como PDeCAT. Y ahora, ha sido imputado por varios delitos, entre los que se enmarca el 9N. El otro día, cuando fue a declarar, arropado por partidarios y personas que no creen que “sea ilegal ser juzgado por poner urnas”, habló en calidad de representante del pueblo catalán. Empero, querido Artur Mas, ayer Arturo Masía, usted sabe que la representación que ejerce de Cataluña se circunscribe a las mejillas azoradas que producen sus políticas, en complacencia con sus acérrimos enemigos de la Moncloa. Su nacionalismo y su república catalana es una estrategia marketing. De momento le ha salido bien. Entre otras cosas, porque sus masadas no son menores a las que han protagonizado sus adversarios.

 

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Marcos Carrascal
(Madrid, 1996) Estudiante del Grado de Derecho en la URJC. Participante de CAUX-Initiatives (2013) y Módulo Jean-Monnet de la UE (2015). Literato y articulista. Zoon politikón.

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