Un billete de Interrail a los valores perdidos de Europa

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Durante esta semana la Eurocámara debate una propuesta peculiar del Grupo Popular Europeo (PPE): regalar a todos los europeos que cumplan 18 años un billete de Interrail. Se trata de una oportunidad, aseguran, para que los jóvenes “se sientan más cerca de Europa” en un momento en el que el antieuropeismo se encuentra en auge.

Un viaje al corazón del viejo continente que permitirá a aquellos que alcancen la mayoría de edad gozar de la riqueza cultural y patrimonial de los países que conforman la Unión. Con ello pretenden “unir a la gente de nuevo” y “ganar la batalla de los corazones”. Sin embargo, a nadie se le escapa que los problemas que afronta el continente son mucho más profundos y que quedarse en la superficie debatiendo este tipo de propuestas es totalmente insuficiente.

Desde el PPE apelan al sentimiento de unión en un momento convulso y crucial para el futuro de Europa. Apelan, además, a los corazones de los mismos jóvenes que han sido testigos de la respuesta deficitaria de la Unión ante los desplazamientos masivos de personas que huyen del terror. Sin duda, Europa ha mantenido una postura duramente criticada por los expertos y ha tomado una serie de decisiones, como el acuerdo firmado con Turquía, claramente difíciles de explicar a una ciudadanía harta de sus políticas.

Quizás el problema de la desafección hacia Europa no se solvente con un parche. Al parecer, la UE ha cultivado una pésima imagen a raíz de los movimientos que ha llevado a cabo tras el aluvión de migraciones durante los últimos tiempos. Tal vez ese haya sido el principal escollo entre las relaciones de la Unión y los ciudadanos. Lo que tendría que entender Europa es que parece insuficiente tratar de paliar un problema tan grave con debates sobre propuestas que no ahondan en el origen del desafecto ciudadano.

Una cuestión también complicada es el punto de vista desde el que la sociedad europea observa a los refugiados. Y es que, en un reciente estudio publicado por Science, se concluía que un refugiado musulmán tiene un 11% menos de probabilidades de ser considerado aceptable que un solicitante cristiano con el mismo perfil. Probablemente este sea uno de los puntos clave en los que las instituciones europeas deban poner el foco a la hora de reconducir a la ciudadanía.

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