Medidas preconcebidas

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La cada vez más punzante fricción causada por una arruga sin rumbo. El rozamiento incesante e insaciable del calzado en su talón. La desestructuración visible al carecer la hombrera de su apoyo. Las mangas de la nívea camisa rebosando con libertad de la americana para ocultar en su fuga la palma del mando potencial. Centímetros que exageran las medidas de la corbata y menguan las dimensiones del sujeto. Botones que sienten la misma tirantez y presión que los gemelos de Bolt en los estiramientos previos a la salida.

Hace un par de semanas entrevistaban en A vivir, de Cadena SER, a la figurinista y diseñadora de vestuarios de cine Yvonne Blake, conocida entre otras por su labor en Nicolás y Alejandra, Superman: la película y Jesucristo Superstar. La angloespañola confesaba que el disfraz de la segunda estaba ya listo antes de que Christopher Reeve fuese elegido para rellenar las mayas del superhéroe de Metrópolis. Un traje diseñado para la inconmensurable tarea de rescatar el mundo, desarrollado sin tener en cuenta a su portador. Algo así debió pasar en el socialismo para elegir a su secretario general, el disfraz ya estaba listo mucho antes: el salvador de la centroizquierda progresista que encarnase el espíritu de González. Un superman, al fin y al cabo.

El primer intento llegó con Rubalcaba. La pesada joroba que arrastraba de haber sido la mano derecha de Zapatero y, por tanto, la innegable relación con sus últimos años de gobierno desentonaba demasiado y reventó las primeras costuras. La falta de carisma de un estadista notable encasillado más en el papel de segundo a bordo que de capitán hicieron el resto.

Después de que los pesos pesados del pseudosocialismo de los obreros reparasen el ropaje deshilachado por Rubalcaba, a toda prisa tras las europeas, llegó un segundo sujeto: Pedro Sánchez. Alto, joven como sus nuevos adversarios, atlético, con un nivel de oratoria pasable y con la apariencia seductora felipista, parecía que el madrileño tenía todo para que sus dotes se ajustasen al traje. Pero pronto comenzarían los pliegues disonantes que remolcaría hasta las elecciones generales, pasando por regionales y locales. La exagerada dramatización para atacar a un autoritario Partido Popular elevándose como alternativa de cambio cuando Podemos comenzaba a hacerse fuerte y Ciudadanos asomaba la cabeza; el olvido del plomo que el traje llevaba de lastre en forma de siglas arrastrando así la arrogancia, los recortes y la pronunciación del “no nos queda otra que” fueron las primeras discordancias entre sujeto y vestimenta.

El efecto felipesanchista no llegaba y tan solo se frenó la caída libre que ya comenzó con Rubalcaba. Las dudas de los barones regionales que ya proyectaban a la reina del sur como futura emperatriz agitaron tanto la rosa empuñada que desgarraron la tela en mangas y torso dejando inútil cualquier arreglo en forma de apoyo al secretario general. Díaz ya hacía pruebas del traje adaptando las medidas a golpe de soberbia. Rajoy atacaba acertado la ‘falta de nivel’ del pseudolíder pseudosocialista que patinaba en una labor facilitada por la incompetencia del Gobierno: la de convertir al partido en una oposición sobresaliente dentro de las paredes protectoras del Congreso. Ni siquiera con la ausencia de Podemos dentro de ese escenario fue capaz de cumplir y las molestias por la incomodidad de un traje sin medidas para él se hicieron palpables e insalvables. Los patinazos en sus primeros pasos por las urnas a nivel autonómico y municipal, que no mostraban más que la incapacidad para derrocar a un Partido Popular cuya mejor oposición era él mismo, fueron disimulados con la recuperación de poder a través de los pactos de izquierda cuando las confluencias le comían la tostada. La manga de la ilusión de la rosa quedaba ya rasgada y descolgada, y la cremallera que conseguía unir la representación del centrismo y la izquierda reformista perdía sus dientes. En una sombra cada vez más poderosa proveniente del sur, Susana Díaz ya se abrochaba los primeros botones.

Así, con más inercia que fuerza, llegó Sánchez a las generales con un traje agotado y sin posibilidad de ser reparado. Lo intentó a través de los debates televisivos que no hicieron más que agudizar la indiferencia transmitida al votante. Los flecos resquebrajantes eran ya inabarcables. La última bala -o posibilidad de hilar- llegó con el cara a cara frente a Rajoy, pero la inutilidad para controlar la euforia en sus mejores minutos al frente de la secretaría le llevaron a la debacle final.

Hoy, poco más de 20 días después de los comicios, Sánchez sigue intentando conseguir lo que las urnas no dieron a nadie: la prepotencia para gobernar sin concesiones importantes; y obvia lo que sí: la necesidad de hablar hasta con el enemigo. Solo falta ahora que tome conciencia de que su figura no encajaba en el traje y de que el PSOE está en la disyuntiva de ‘susto o muerte’ sin saber muy bien cuál es cuál. Quizá también falte por ver si es el candidato el que no se ajusta al ropaje o es el partido el que no se adapta a la vestimenta de una fuerza reformista y movilizadora. A este Partido Socialista Obrero Español sigue perdiéndole el prefijo ‘pseudo-’ como a El Extranjero de Camus le perdió la pasividad.