“Hasta aquí llegó”, sentenció el pasado 12 de septiembre Alejandro Rojas-Marcos. Quien fuera uno de los líderes indiscutibles del Partido Andalucistas (PA) pronunció el discurso corolario del XVII Congreso Extraordinario de su formación, el de la disolución. Bueno, Rojas-Marcos lo llamó “dimisión”. Al parecer, considera dimitir mandar al desguace un coche que apenas anda. Pues eso ha representado el PA en la política andaluza durante los últimos años, un cacharro viejo. Un aparato que jamás lució como un bólido, sino más bien como ese automóvil propio del conductor nostálgico, el cual posee desde que se sacó el carnet, comprado de segunda mano, que siempre renqueó y soltaba demasiado aceite.

Pero continuemos con el particular glosario del exdirigente andalucista. Rojas-Marcos ha denominado “acto de dignidad” la defunción de la histórica plataforma nacionalista. Un amor propio que llega mal y tarde: pocos consideran al PA acreedor de la honorabilidad manifestada en tanto funcionó más como partido-bisagra que como buque insignia de la identidad andaluza. Ora con el PP para ganar la capital regional, ora con el PSOE para sellar un pacto de gobierno que sonó mucho a reparto de sillones.

El exalcalde de Sevilla achacó esta muerte digna al “desinterés” de la población por adquirir “un partido propio”. “Nosotros hemos cometido errores como los demás, pero no podemos aceptar que hayan sido más graves. Estamos viendo gente imputada, gente en la cárcel de partidos que sacan mayoría absoluta. La sangre política del PA ha sido muy barata y no hemos tenido paraguas”, alegó Rojas-Marcos durante su discurso. “Los votantes, que son masocas”, viene a decirnos don Alejandro. ¿Para qué entonar el mea culpa? Sin embargo, un estudio somero permite identificar los desaciertos cruciales de una organización partidista de escasa relevancia en la construcción de nuestra tierra:

  • Ambigüedad ideológica: los fundadores del PA se proclamaron sucesores del ideario infantista, cosa muy cuestionable. Blas Infante se alieneó con posciones republicanas, federales y democráticas, cercanísimas –cuando no indistinguibles- con el socialismo libertario. Los cuadros que fundaron el PA, empero, procedían de clases acomodadas, urbanas, usualmente dedicados a profesiones liberales. Un estrato que despierta suspicacias en una comunidad tan desigual y polarizada en su estructuración social. Su transcurso subsiguiente, además, le ha emparentado con partidos nacionalistas y regionalistas de corte conservador y liberal (CiU, PNV, CC, PAR, UV, UM, etc.), aunque se haya autoidentificadio de palabra con movimientos de izquierda.
  • Discurso erróneo: aparte de su contradicción filosófica, el PA ha querido captar el voto nacionalista en una comunidad de pobrísimo carácter secesionista. Los andaluces tenemos muy claro que somos los españoles del sur; entendemos el autonomismo como forma de prosperar dentro de España, no un instrumento de derecho histórico para expulsar la tutela de Madrid. Querer imitar el discurso catalanista o abertzale llama al ridículo, toda vez que los movimientos ciudadanos meridionales se han encolumnado con el obrerismo y las revindicaciones sociales.
  • Fragmentación clientelar: a los nombres del ya mentado Rojas-Marcos, Luís de Uruñuela o Antonio Ortega, debe mencionarse uno que brilla con luz propia: Pedro Pacheco. El exalcalde de Jerez de la Frontera, hoy en prisión, tuvo siempre un comportamiento díscolo con la cúpula. Las desavenencias internas condujo a romper el grupo parlamentario más numeroso que conoció el PA en el Hospital de las Cinco Llagas, restando cuatro a los diez escaños que ocupaban los andalucistas. Los pachequistas fueron y volvieron sin cesar, desangrando al partido en luchas cainitas.

Pacheco representa la reencarnación de un personaje anacrónico, al tiempo que consustancial a Andalucía, el cacique. Su eterno retorno a la alcaldía de Jerez y, en definitiva, toda su trayectoria política sólo pueden explicarse por las redes clientelares urdidas mediante malversación de fondos, nepotismo, y prevaricaciones manifiestas. Luego de su condena, pese a ello, numerosas personalidades locales promovieron una iniciativa popular para conseguir su indulto. Sin éxito, gracias a Dios.

  • Un error históricos y suicida: el PA, a la sazón Partido Socialista de Andalucía (PSA), no apoyó desde el comienzo el 151 –la vía rápida-, lo que dinamitó cualquier esperanza posterior de calar en la ciudadanía andaluza. Rojas-Marcos, el mismo que acusa a los andaluces de preferir a formaciones ajenas a nuestra tierra, pactó con Martín Villa una solución a través el artículo 144, un estatuto que daría a Andalucía su autonomía a medias: con Parlamento, Tribunal Superior y Gobierno ejecutivo, pero sin la transferencia de competencias adquiridas por las llamadas comunidades históricas. El acuerdo desbloqueó las negociaciones con el gabinete Suárez, sí, aunque relegaría a Andalucía a la categoría de segunda; una posición que Infante hubiera rechazado.

El entonces ministro Manuel Clavero Arévalo logró introducir en la Constitución el artículo 151, que dotaba de competencias plenas. El anterior pacto por el 144, farragoso en lo comunicativo, complejísimo en lo referente a su puesta en práctica, zancadilleó al PSA, renombrado PA en 1986.

  • Andalucismo socialista: el Partido Socialista se arrogó desde el comienzo el movimiento autonomista, lo que ha rentabilizado con creces. La misma iniciativa autonómica partió de poderosos militantes del PSOE-A. Un ascendente que sobrevive en nuestros tiempos. Díaz ha convertido al socialismo andaluz en un aparato que hace oídos sordos a Ferraz cuando le conviene, y al que miran las demás regiones cuando Cataluña emite señales peligrosas. Hoy no existe una distinción clara entre lucha por el andalucismo con participar o simpatizar con las izquierdas, fidelidad a España y desarrollo social. Por ello, una formación que se declare nacional-andalucista choca con que su espacio electoral está habitado, y férreamente, por el PSOE-A Una terreno, asimismo, inasible para una plataforma que ha cometido tantísimas equivocaciones.

 


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