La estafa de la centralidad

Marcial Váuqez: "Esto del centro fue algo que se inventó la derecha post-franquista".

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[dropcap type=”2″]D[/dropcap]e un tiempo a esta parte todos han empezado a hablar de “centralidad”, muchos sin saber qué significa realmente y otros tantos confundiéndolo con una forma moderna de llamar al centro clásico de toda la vida. La neopolítica necesita una neolengua, para que nada nos evoque el sucio pasado, un relato que incluso aquellos que tienen un pasado lleno de logros y servicios a la causa de la libertad y la igualdad han acabado por aceptar en su lenguaje. Pero, realmente, la centralidad no es el sustituto de centro, en cuanto a ideología, ya que según la Real Academia Española, centralidad es “condición de central”.

Como es lógico ahora llega la siguiente pregunta, ¿y qué es algo “central” en política? Siguiendo con el diccionario, asumiríamos su significado número 5: “esencial, fundamental, básico”. Es decir, ya vamos descifrando qué quiso decir, por ejemplo, Pablo Iglesias cuando explicó que buscaba la “centralidad” de Podemos en el tablero de la política española. Unas semanas más tarde parece que el Partido Socialista también busca ese tesoro sin igual que es la centralidad. A la hora de referirnos a esta idea es necesario empezar antes por otra importante aunque no familiar de la misma: el centro político. ¿Qué es el centro? El centro en política no es absolutamente nada, y ya si nos referimos a la “ideología centrista” iríamos directamente al abismo de la inanidad. Pero, ¿no estamos hartos de oír eso del centro, ya sea desde el PP o desde el PSOE, con la variante del centro-izquierda? Sería preocupante sentir que ambos partidos llevan años hablándonos de algo que, en realidad, no existe. Pero existir, sí existe, al igual que existe el vacío.

En primer lugar debemos tener claro que en política no es lo mismo ser que estar. Y sobre esto debemos aplicar la teoría del centro político para determinar si es un fraude o un estado aunque sea gaseoso. ¿Se puede estar en el centro? A la hora de imaginar un espacio donde los vértices sean la izquierda y la derecha, es evidente que existe ese centro imaginario. Pero, a la hora de entender la derecha y la izquierda no como un lugar donde estar, sino como una ideología que determina lo que es la persona y la sociedad sobre la que influye, el centro solo es un truco dialéctico. Esto del “centro” fue algo que se inventó la derecha post-franquista para que nadie le recordase de donde venía. Pero que la izquierda, con el paso del tiempo, acabase jugando a ocupar ese centro o quisiera ser esa “izquierda que atrae al centro”, fue algo sorprendente en cuanto a ruinoso como negocio político y electoral. Es falso que una bolsa de votantes centristas fluctúe cada 4 años y den así la victoria a uno u otro partido. Los votantes que tienden a la movilidad porque están débilmente ideologizados son votantes instrumentales, es decir, votantes que apoyan al partido que creen más provechoso para sus intereses y más capacitado para afrontar el futuro. En esta concepción de la política, no olvidemos, ayuda mucho el proyecto coherente y claro que puede presentar cada partido.

La pregunta es casi dramática: ¿en qué momento sintió la necesidad el socialismo de plantearse qué grado de “izquierda” tendría que ofrecer a los votantes para conseguir la mayoría? Posiblemente en el momento que olvidaron que ganaron muchas elecciones cuando a nadie se le ocurría discutir si había que ser más o menos de izquierdas.

El debate sobre el izquierdismo del PSOE fue una trampa que lanzó al aire esa “izquierda pura” encarnada por Anguita, cuyo odio al socialismo le consume en vida,  y que en aquellos años de depresión felipista empezó a calar en algunas capas de la militancia socialista, hasta que llegó algún “rasputin” a Ferraz a convencer a las élites del partido de que la solución para volver a ganar las elecciones era “el centrismo”.

Ahora, sin embargo, tenemos otra nueva oferta milagrosa: la centralidad política. Lo que pasa es que no nos han leído la parte del prospecto donde aparecen los efectos secundarios. A saber: buscar ocupar un lugar en vez de llegar de manera natural a este a través de reivindicar lo que uno es, solo conduce a diluir el “ser” socialista a cambio de “estar” en la centralidad. Creo que es mala idea y mal negocio subastar lo que somos para señalar dónde queremos estar. Y es que no todos los que son socialistas están dentro del socialismo, ni muchos que están dentro del socialismo tienen idea alguna de lo que significa ser socialista.