Cuestión de mayorías

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[dropcap]E[/dropcap]l otro día mi actitud puntillosa me jugó una mala pasada. Disponía la mesa para el almuerzo mientras el sonido de fondo procedente del televisor amenizaba la sala. De pronto, se me crispó la mano que sujetaba uno de los vasos de cristal. Un acto reflejo traicionero al escuchar un enunciado por completo erróneo. Una locutora se refirió a Susana Díaz como “la presidenta electa” de Andalucía. Salvé el vaso en el aire al tiempo que espeté un estentóreo ¡te qu’í  ya! (en andaluz “¡te quieres ir ya!”, expresión despectiva muy usual).

La periodista cometió un fallo habitual en España: pensar que tenemos un sistema presidencial. Demasiado cine yanqui. Nuestro modelo parlamentarista recibe esa denominación por la preponderancia de la cámara. Además, el electorado jamás escoge a la presidencia. Primero, durante los comicios, la ciudadanía elige la composición de la asamblea; luego, repartidos los escaños, los delegados confían en un jefe del Ejecutivo. En teoría, esta persona no tiene por qué coincidir con el líder de un partido, ni tampoco con la agrupación más votada. Sobre el papel, y con sorprendente frecuencia, las fuerzas pueden llegar a entendimientos variopintos para respaldar una determinada presidencia del Gobierno. El gabinete resultante podrá ser bien multicolor, bien obedecer a la lógica de pactos puntuales, bien alcanzar un acuerdo tangible, rubricado bajo notario, con otras formaciones.

Alguien atendería a la pifia, pues desde entonces en aquella cadena sólo mencionan a Díaz como diputada electa. Quien lo ha entendido a la perfección es Albert Rivera. El presidente de Ciudadanos (C’s) dio una clase magistral de cultura política española cuando corrigió las declaraciones de Begoña Villacís, candidata de C’s a la alcaldía de Madrid. Villacís se mostró favorable a que rigiera la lista mayoritaria, lo cual acarrearía ataques a la fiabilidad de C’s por aquello de donde dije ‘digo’,… O sea, lo mismo que ahora tachan a Juanma Moreno (PP-A) tras sus pésimos resultados del 22M. En cambio, Rivera señaló que “lo importante es generar mayorías” y buscar “espacios de entendimiento”. Dado que en el sistema hispano buen número de –o casi todas las- normativas, legislaciones y ordenanzas deben obtener la sanción de la cámara, de poco sirve conquistar el Ejecutivo atendiendo al mejor resultado en las urnas.

Los españoles conocen poco y mal su forma de mando. Obnubilados por un paradigma –el estadounidense- del que arriban noticias constantes, pero en el que apenas profundizan, los ciudadanos ibéricos creen regirse por patrones coincidentes. La clase política tampoco ayuda. En lugar de ejercer una labor pedagógica, sus voceros insisten en continuas faltas a la verdad que redundan en la persistente algarada interideológica. Claro que actúan así por la cuenta que les trae, no vaya la ciudadanía a enterarse de la cantidad de barbaridades que cometen a diario.

 

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