Un intento de respuesta

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[dropcap]M[/dropcap]i buen compañero Alejandro Hermida Artiaga intentó desenmarañar el eterno retorno del PSOE al Gobierno de la Junta de Andalucía. Tarea hercúlea. Y, en verdad, algo tiene que ver con el forzudo héroe greco-fenicio, uno de los padres míticos de esta región. Por ejemplo, las fundaciones legendarias de Málaga, Sevilla o, por supuesto, Cádiz, tienen su origen en aquel semidiós. La teoría andaluza orteguiana a la que hacía referencia Hermida Artiaga asegura que la cultura meridional es, como la china, milenaria, acaso la más antigua de Occidente. Mucho después, Tomasi di Lampedusa en su extraordinario ‘El gatopardo’ afirmaba de los sicilianos algo totalmente asumible por los andaluces; ambos pueblo, al fin y al cabo, somos sureuropeos, latino-mediterráneos y compartimos una dilatada historia común.

‘El gatopardo’, que ha perdurado como dechado de farisea transición de régimen. La máxima “para que todo siga igual es necesario que todo cambie” ha marcado a las ciencias políticas, hasta el punto de que se tilda como gatopardista un giro ideológico diametral. También ejemplifica, asimismo, la altanera negativa a las transformaciones sociales. “Vienen a enseñarnos las buenas maneras” decía sobre los garibaldinos el príncipe de Salina, protagonista de la novela lampedusiana, “pero no podrán, porque somos dioses”. No en vano, nuestro escudo representa a Heracles, rodeado de leones, entre las dos columnas, símbolo remoto del Estrecho de Gibraltar.

Las respuestas a tantos interrogantes enunciados por mi colega jamás podrán explicarse en un simple artículo. Como andaluz, algo me conozco esta tierra; así pues, ensayaré una solución que esclarezca algunos elementos a tener en cuenta, alejados de prejuicios. Por ello, quién lea este texto debe tener la mente límpida de cuanto crea saber, exorcizar a los personajillos cómicos de ‘Médico de familia’, ‘Omaita y Antonia’ o el Risitas.

Tampoco considero de recibo considerar Andalucía la única región mantenida en el paroxismo, como mucha gente piensa. Recordemos que en los comicios de 2012 la fuerza más votada fue el PP, una candidatura insuficiente ante el Acuerdo de las Izquierdas –o sea, PSOE junto a IU. Además, otras regiones han desarrollado un fenómeno similar. En Cataluña, CiU ha sido la agrupación con mayor respaldo hasta las pasadas elecciones europeas; sólo el célebre tripartito –es decir, una alianza integrada por tres formaciones– consiguió arrancar las llaves del Palau de la Generalitat a los convergentes. En País Vasco, treinta años de ejecutivos jetzales antecedieron a Patxi López (PSOE), quien se convirtió en lehendakari gracias al apoyo del PP vasco, ya que los socialistas fueron la segunda candidatura en número de votos. Otro tanto sucedió en Galicia, feudo infranqueable de los conservadores populares, sólo conquistado cuando el PSOE se coaligó con el BNG de 2005 a 2009. Madrid, Castilla y León o La Rioja figuran también entre las autonomías de luengos períodos monocolor.

En consecuencia, reviso varios indicadores que puedan señalizar una profunda reflexión sobre qué salvaguarda la estancia del PSOE en el Palacio de San Telmo. Se trata de un análisis somero. Algunos lo compartimos todos los españoles, pero acaso sirva para establecer un principio de cambio entre quienes nos dedicamos a la observación de la política.

1. La economía: entre la Administración omnipresente y la falta de oportunidades. El todavía considerable peso agropecuario cede ante la preponderancia del turismo, la hostelería y los servicios. Unos sectores reforzados por la cosa pública, que apenas ha estimulado la industria –Airbus supone una gota de agua en un desierto verdaderamente seco; de Delphi, mejor ni hablo. A esto hay que añadir la pérdida del valor agregado ocasionada, también, por la falta de incentivos. Las actividades terciarias sufren de una patología llamada estacionalidad; las primarias, bien venden a granel a foráneos, bien compiten en desigualdad con productores mucho más baratos, bien producen a pérdida.

Las iniciativas que corrijan semejante panorama, por consiguiente, recaen en la Junta, acusada reiteradamente de sectarismo. La grabación recientemente desvelada de una delegada de la Consejería de Empleo apunta en ese sentido. De otra parte, chocamos con una falta de oportunidades crónica. Hemos formado generaciones punteras en sus respectivos campos que tropiezan con una realidad terrible: no existe un mercado interno robusto para aquello en lo que se han instruido. La respuesta, emigración.

 2. Una estructura sociocultural homogeneizada. La mayoría de los andaluces sobrevive dedicándose a las actividades enunciadas en el bloque anterior. Ello se traduce en importantes segmentos de pequeños explotadores agrarios, de técnicos especialistas y de operarios no especializados. El poder adquisitivo de todos ellos depende del ciclo. Ganar un salario en Andalucía pasa por empleos mal pagados, estacionales y precarios. El coste de la vida cuenta, además, con tipos impositivos bastante altos. El andaluz medio no cuenta ni con tiempo ni con dinero como para granjearse herramientas que disipen dicha situación. O sea, estos estratos carecen de tasas de ahorro suficientes para invertir o adquirir servicios, bienes o conocimientos.

La falta de oportunidades redunda en la carencia de dinamismo económico, pero también social y cultural. Al permanecer en el rol de periferia, la comunidad adolece de una persistente falta de plataformas tecnológicas, culturales e intelectuales sólidas. Nuestras ciudades son capitales de provincia, desprovistas de clases ilustradas con el grosor suficiente como para demandar industrias culturales sofisticadas o vanguardistas. En consecuencia, tenemos varias capas sociales muy similares en los planos ideológico y cultural. Un sentido común en su vertiente gramsciana muy tradicional, replicado por gentes de muy diversa procedencia social.

Andalucía, como ninguna otra, conoce el dicho “nadie es profeta en su tierra”. Quienes sí poseen miras más amplias, de nuevo han de desplazarse, a menudo para no volver. Así lo indicó Alberto Rodríguez el pasado 28 de febrero, cuando fue nombrado hijo predilecto. Si quieres ser Antonio Banderas, Antonio Muñoz Molina o Joaquín Sabina, vete a Madrid o a Barcelona.

3. El peso mastodóntico del aldeanismo. Uno de los males frecuentes por estos lares es considerar el terruño propio “lo mejor del mundo”. Cada persona ensalza su lugar de origen en detrimento del resto. El periodista Fede Durán lo intituló microchovinismo, aunque, en realidad, se trata del añejo concepto unamuniano del aldeanismo. Ello ocasiona auténticas rivalidades interprovinciales, cuando no intermunicipales, lo que va parejo a una pésima gestión de las infraestructuras; se gasta mucho en atractivos, poco en conexiones.

Siguiendo a Durán, la inexistencia de coherentes subestructuras que vertebren la región provoca la falta de cohesión andaluza y, por ende, una única identidad. El fallo de Podemos coincide con este fenómeno. El partido de Teresa Rodríguez acometió una campaña regional, desdeñando los municipios menores, que confiaron a  sus plataformas locales.

4. Caciquismo del siglo XXI. Al calor del aldeanismo han florecido ciertos personajillos que gozan de gran influencia en localidades pequeñas. Éste, o ésta –que las mujeres también abundan, y van in crescendo-, suele tener buenas relaciones con las administraciones públicas, o estar a bien con el poder económico del pueblo, cuando no es él o ella mismo/a la que controla estos espacios.

Los sistemas económico y sociocultural andaluces impulsan a la dependencia hacia este tipo de personajes, a menudo parientes. El nepotismo constituye un elemento fundamental de las sociedades latinas, el cual se convierte en clientelismo cuando el dependiente debe gratificar a su mentor. Al beneficiario puede convenirle también su continuidad. “Mientras esté, yo tendré”, piensa el dependiente. Así, el caciquismo del siglo XXI se conduce de un modo escrupulosamente democrático, reptando por los vacíos legales. Y a veces no tan legales. Albert Rivera, consciente del aldeanismo meridional, sudó sangre en su búsqueda de candidato independiente ajeno a corruptelas, hasta que halló a Juan Marín.

5. El peso de los años. Andalucía posee la media de edad más baja de España, entre los 37 y los 38 años. Una lozanía que pudiera reducirse de no topar con un importante segmento poblacional, de edad muy avanzada. Esas personas mayores, asimismo, pertenecen a clases trabajadoras y medias, recuerdan las peores épocas del franquismo, las condiciones de vida paupérrimas de entonces, y disfrutan del palpable vuelco producido desde la llegada de la Autonomía. Andalucía puede ser la segunda comunidad autónoma por la cola, pero su situación actual no tiene punto de comparación con la vivida en la dictadura. Su voto, por consiguiente, es conservador en la forma, fiel al Partido Socialista que ha ostentado el poder durante los últimos treinta y tres años.

6. El andalucismo socialista. Hablar del nacionalismo andaluz mueve a risa. Excepto una fracción marginal, nadie cuestiona la adhesión al Estado ni clama por la independencia. Otra cosa es el regionalismo, imita a catalanes y vascos al entender que les beneficia el empoderamiento frente al centralismo. La ausencia de una identidad no es óbice para comprender que la Autonomía actúa de katechon, de tope a las reminiscencias canovistas y franquistas. Ser autonomista equivale a ser izquierdista. La Junta, en este sentido, se identifica con una Administración Pública extensa, enfrentada a la ideología neocon, que aboga por el Estado mínimo, adjudicada al PP.

El PSOE logró arrogarse el andalucismo infantista, despojando al PA de su histórica heredad, sin necesidad de usar mucha fuerza, por cierto. El movimiento autonomista postfranquista, que exigía más soberanía popular, fue liderado por Fernández Viagas, primero, y Escuredo, después. Sucesivos presidentes, todos ellos secretarios generales socialistas, han enarbolado la blanquiverde como ejemplo de modelo contrapuesto al de la derecha tradicional. Obsérvese que 67 de los 109 escaños han ido a parar a propuestas progresistas.

Equiparar las dicotomías andalucismo/centralismo con izquierda/derecha alimenta al PSOE. Un mensaje corroborado por los exponentes del conservadurismo andaluz, que parecen sacados de una pintura goyesca, dechados del infame señorito cortijano. Pero cuando lo enuncian portavoces del norte, comienzan todas las suspicacias. El histórico ascendente de los núcleos septentrionales y centrales sobre Andalucía, recluyó al Mediodía a su condición de periferia. Los andaluces clamamos por erigir nuestro propio camino, por lo demás, social y progresista. Los socialistas han sido, hasta la fecha, los únicos que han logrado convencer a la mayor parte del electorado sureño de que son la agrupación predilecta para ello. Siempre gracias a la lógica schmittiana del  amigo-enemigo.

 

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