Al parecer, dizque el cuarto poder, los pobres americanos, dado que padecen una vejación constante cada vez que su presidente pronuncia algunas frases, pueden ser redimidos, “fiat lux”,   por la presunta corrección política  o en otros términos, el “statu quo”.

El reloj no cesa, su ritmo monótono es inalterable, cada “tic tac” acerca la esperada reconquista, la mismísima Batalla de Gettysburg, que dará comienzo el martes 3 de Noviembre  en el que las fuerzas del Bien aplastarán, democráticamente  y obedeciendo a las normas wilsonianas,  a las del Mal. Todo muy hollywoodense lo que acaece más allá del Río Grande, pero la mentira es más inmensa que la longitud del mismo

Esta valerosa empresa -acabar con los órdagos de la Alt-Right- ha de ser realizada por un “protohombre”, “ubermensch”, que personifique los valores integérrimos del progresismo americano. Pero no, en modo alguno es así, puesto que  por lo visto en los vastos territorios yanquis no había nadie al que poder enmarcar en ese canon, por lo que optaron por un hombre de partido, que lleva desde 1973 en su seno,  bendecido por el juicioso Barack Obama, conocido como Biden, Joe Biden.

El susodicho- agudo y fornido mentalmente- viene como anillo al dedo al poder americano, ya que es un belicista de alta alcurnia y un pseudo ilustrado defensor de la pena de muerte. Entre sus más memorables hazañas, con h no con a, destacan su leal apoyo al sádico George Bush- votando a favor de la intervención en Irak y según lo relevado por Wikileaks se encuentra estrechamente vinculado a las torturas y asesinatos indiscriminados en dicha región-, la promulgación de la “Ley Biden contra el crimen”- lo que supuso que una cantidad ingente de delitos fueran condenados con la pena máxima (verbigracia el tráfico de drogas)- o su desmesurado apoyo a las intervenciones en Afganistán; lo cual dista sustancialmente de las vidriosas ideas de sus votantes  y del sentido común.    

Este plagiador de poca monta, suceso por el cual tuvo que abandonar las primarias presidenciales en 1988, copió puntillosamente un discurso de Neil Kinnock, a la sazón líder laborista del Reino Unido. Habida cuenta de este bochornoso incidente se descubrió que no era un hecho eventual, sino un resabio de sus años universitarios en los que llegó a ser más devoto de la religión del plagio que del catolicismo que, en menor medida, profesa.

Muchos argüirán, con tan buena intención como mala confusión, que es un hombre de “izquierda” y la única alternativa para poner en su redil al frenético Donald Trump, hombre capaz de pulverizar el planeta en un ataque de furia. Primeramente debo objetar que ese argumento es falso desde el alba hasta su ocaso, dado que Biden es un conservador de misa y olla-  contumaz detractor del aborto, por ejemplo- con visos liberales en lo tocante a la economía. Tanto es así que ha sido la persona que más ha servido como senador al Estado de Delaware, uno de los paraísos fiscales más notorios del país coloquialmente conocido como  The Land of Free-Tax Shopping”.

Amén de sus convicciones ideológicas (más cercanas al derechismo clásico que al izquierdismo sindical), en lo fáctico ha hecho gala de haber sido determinante en la decisión de Bill Clinton de bombardear Serbia, en el contexto de La Guerra de los Balcanes, y de esa forma coadyuvar,  a la disolución, manu militari, de una nación socialista, con un robusto estado de bienestar y una tolerancia multiétnica digna de alabanza, en pequeños estados atestados de rencor entre sí a las órdenes de los  intereses imperialistas depredadores. Sacralizado, por añadidura, a manos del celebérrimo escritor Vargas Llosa -novelista y adalid de la derecha iberoamericana- en un artículo de opinión en que aducía su preferencia por la derrota del presidente electo  en nombre del decoro que destila el candidato demócrata.

La situación esperpéntica en la que se encuentra la política “usadeña” es, ante todo, cómica por la incongruencia tan supina que la envuelve. Un septuagenario blanco, además de millonario, que defiende a capa espada los derechos de los negros frente a la opresión racial que emana de los poderes estatales (que él mismo dirigía y dirige)  y, a su vez, activista de las libertades del colectivo LGTB ungido por Obama (sí, Obama, el que niega tajantemente el derecho de los homosexuales a contraer matrimonio). Sinceramente, dejando un lado la irrisión, la única razón por la que este inepto se persone como cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos  es porque es la única baza que le queda a los poderosos, cuyo poder lo encarnan tanto a través de acciones como de influencia mediática, para generar lo que “emic”  sea un cambio revolucionario y “etic” no sea más que uno de los últimos estertores de la fórmula lampedusiana, a saber: “Que todo cambie para que todo siga igual”.  

Huelga recordar que este estafermo no contaba con el apoyo mayoritario de los electores demócratas, no obstante, los productos del sistema, de apariencia antisistémica pero nada más, se aunaron para liquidar las ideas socialistas de Sanders. Porque hay que recordarlo constantemente, y no cejar en ello, el “Democratic Party” no es de izquierdas ni se le espera, es progresista, lo que viene a ser una patología posmoderna cuyo basamento está en luchas subsidiarias, inclusive metafísicas o delirantes, que no pongan en tela de juicio el sistema económico vigente y vea moralmente necesario expandir los bondades patrias al resto del globo en aras de un mundo más justo.

En definitiva, las élites del país (multimillonarios, directores de periódicos, filántropos,  empresarios, hombres de Estado, etc.) están amedrentadas por las ideas socialistas que proliferan en el seno de los círculos demócratas y por el indubitable discurso contra las oligarquía de Trump y sus adláteres. Ergo, han sacado a la palestra un monigote de aspecto adorable y senil, que pueda esconder, bajo una ristra de planteamientos buenistas moderados y multiculturales, unos intereses subyacentes que alarguen los privilegios de la casta americana, cuya sordidez trasciende lo narrable.

Una cosa está clara: la redención de Biden es una ilusión. El fin del dominio hegemónico en la faz, en los términos realmente existentes, cada vez más próximo. Esperemos que el aclamado Biden no oculte el Destino Manifiesto, “vade retro”, en palabrería progresista y estéril. Al parecer, en eso es un experto.


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