Tomando como referencia la definición de sindicato, estaríamos ante “una asociación integrada por trabajadores en defensa y promoción de sus intereses laborales”. Y eso es lo que debería seguir siendo, pero en los últimos tiempos ha ido degradándose el sindicalismo hasta desconectar de la realidad.

Para empezar, si es una asociación de trabajadores, deberían ser éstos quienes aporten todos los recursos que el sindicato necesite para llevar a cabo sus funciones. Pues bien, el sindicalismo en muchos países, entre ellos España, ha estado y sigue estando enchufado al presupuesto público, recibiendo una parte de sus ingresos en forma de subvenciones de todos los que pagamos impuestos, aunque no compartamos sus ideas. Un grupo voluntario de trabajadores, imparcial respecto al poder político, que solo reciba aportaciones de quienes se sientan representados por ellos.

Otro aspecto en el que los sindicatos no tienen mucho sentido es el colectivismo que representan: lo que dice un sindicato suele ser tomado como referencia de lo que piensan todos los trabajadores, como si éstos fueran una masa homogénea. La realidad es bien diferente, pues cada trabajador, como individuo, piensa diferente y no tiene por qué siquiera compartir el pensamiento sindical.

La economía política y las propuestas laborales de los sindicatos es otro punto en contra de ellos. Siempre en el camino equivocado, apoyando propuestas que casi siempre aumentan el desempleo (como subir el SMI o aumentar las indemnizaciones por despido; es decir, conseguir un mercado laboral más rígido) y con una idea perversa del empresario, como persona explotadora que se enriquece gracias al trabajo y la plusvalía de sus empleados, en línea con el marxismo y socialismo, que, como éstos, se permiten el lujo de abanderar una superioridad moral, de caricaturizar a quien crea empleo, dando lecciones desde la “cátedra” de quien no ha creado un solo empleo con su dinero en su vida.

Por último, la desconexión de los dos sindicatos españoles más importantes, en la última semana apoyando el ‘procés’ y manifestándose con organizaciones independentistas, como ANC y Ómnium Cultural. Apoyando a quienes se saltan la Ley y la Constitución. A favor de quienes dividen a la sociedad catalana y provocan fracturas sociales, de quienes van contra la libertad. Apoyando a la aristocracia catalana que pisotea los derechos de los trabajadores catalanes, como multar por no rotular en catalán. ¿Proteger los intereses de los trabajadores? Apoyando a quienes hacen que miles de empresas se vayan de Cataluña, no.

Si ya de por sí los sindicatos suelen estar desconectados de la realidad económica y política, lo que les faltaba, desconectar de la Historia de España y apoyar a quienes manipulan ésta y quieren imponer un Estado independiente de corte totalitario, en manos de la extrema izquierda y apoyados por buena parte de la extrema derecha europea.

Menudo despropósito todo.

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David Muñoz Lagarejos
Graduado en Ciencia Política y Gestión Pública por la Universidad Rey Juan Carlos. Estudiante de Economía en la UNED. Columnista en LA RAZÓN, Letras Libertarias, Proyecto Libertario, Somos La Revista, Debate21 y Navarra Información. Su pensamiento y filosofía de vida: por un mundo más libre, vacío de totalitarismos y de gente que impone sus ideas a los demás bajo la fuerza.

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