En el canal televisivo de los obispos, Esperanza Aguirre exclamó que “los sueldos de los políticos, a pesar de lo que dice mucha gente, no dan para mucho”. Agregaba que, debido a esta carestía remuneratoria, los servidores políticos han de ir a tiendas low cost, compatibles con sus salarios. Esta aseveración de la líder de la oposición en el consistorio madrileño venía a colación de que un debate que se centraba en que la vicepresidenta del Gobierno y compañera suya de partido, Soraya Sáez de Santamaría, aparcó en el carril de la —¿controvertida?— Gran Vía su automóvil oficial para entrar en el Primark.

Quizás por esta escasez que sufren los políticos, grandes cantidades de servidores públicos madrileños y valencianos del PP están presuntamente inmersos en otras actividades remuneratorias. Desafortunadamente, estas actividades parecen lindar con la ilegalidad. Acaso, el sueldo de los políticos que aparece en los portales de transparencia —esos que necesita el PP, según varias organizaciones— es el sueldo base, y las otras actividades son los variables complementarios.

Ataviémonos con la seriedad que nos caracteriza. Estas palabras de Esperanza Aguirre delatan la gran brecha que existe entre ella y la ciudadanía. No me gustaría generalizar con su partido o con la clase política. Ella demuestra que no sabe cómo pueden subsistir los 770.000* hogares que no adquieren ingreso alguno. Asimismo, es un insulto a los 22.801* parados y a los 5.700.000* trabajadores que se mantienen con el salario mínimo interprofesional (645 euros mensuales). Es una injuria porque Esperanza Aguirre se embolsa anualmente un total de 94.758** euros. Hace ya unos años, cuando cobraba 5.825,92** euros netos al mes por su cargo de presidenta autonómica de Madrid, aseguró que “los políticos no llegan a fin de mes”.

La miscelánea de Tatcher y Regan madrileña acarició sus áureos años. La dirigente popular empezó su andadura política bajo las siglas del Partido Liberal, fagocitado por los de la gaviota. Fue ministra de Educación, Cultura y Deporte durante la primera legislatura de José María Aznar, para pasar a presidir en febrero de 1999 el Senado. En octubre de 2002 abandonó la política nacional para centrarse en Madrid, siendo elegida presidenta de la Comunidad en 2003, luego de desvincularse del Tamayazo y de ser premiada con la mayoría absoluta por la ciudadanía. En este cargo continuaría ocho años y diez meses más, para dimitir por enfermedad. No obstante, la incombustible condesa pugnó para llegar a la alcaldía de la villa y corte en 2015, impidiéndoselo la suma de votos de Carmena y Carmona. Ella, que dirigiendo el PP de Madrid asedió a Rajoy y le hacía ser forajido en su propia tierra, la semana pasada era exiliada en la bancada de los comunes militantes en la cena de Navidad del PP Madrid, soportando los proyectiles que Cifuentes le disparaba. En estos últimos años, la dama de hierro ha quedado relegada a una reminiscencia del pasado. Por ejemplo, su nombre ha servido para bautizar a un grupo de rap que parodia a la derecha política: Sons of Aguirre.

Los políticos deben saber marcharse. Cuando la poltrona ya ha dibujado los contornos de sus excelsas posaderas, es el momento de retirarse. Igual que su amiga Rita Barberá, siempre es mejor quedarse con el recuerdo de quien ganó por mayoría absoluta todas las elecciones a las que se presentó (hasta 2012) que el grotesco boceto de quien despreció a las clases más desfavorables. La hidalga, ahora mismo, es evitada en su propio partido, al que ha dedicado grandes críticas, acusándoles de ausencia de liberales. A ver si va a tener razón Santiago Abascal, y en el PP “ensayan medidas neocomunistas”; y Aguirre es la Numancia de los azules: impertérrita en esta oleada de populismo.

 

*Datos obtenidos del diario “El Mundo”.

**Datos obtenidos del diario “Público”.

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