La irrupción del outsider en la política española, ¿Buena o mala señal?

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[dropcap]E[/dropcap]n apenas un año hemos vivido (algunos dirán que padecido) unos cuantos procesos electorales y en todos ellos se ha esgrimido el argumento de nueva política frente a vieja, poniendo en valor la primera y denostando la segunda. Está claro que lo que empezó siendo una crisis económica provocada, en parte, por el sector privado, ha acabado golpeado de lleno al Estado creando con ello una crisis institucional. No me voy a detener en este post a abordar la complicada situación del bipartidismo, tan comentada en otros espacios, como sí lo haré en la otra tendencia que ha repuntado a consecuencia del dualismo entre antiguo y moderno de nuestro sistema político. Me refiero a la figura del outsider.

Antes de comenzar, resulta pertinente delimitar el concepto de outsider. De forma habitual, podríamos entender como tal a la persona que entra por primera vez en política teniendo en su haber una trayectoria prestigiosa en cualquier otro campo. Por poner un ejemplo, imaginemos el caso de un/a reputado/a científico/a, con cierto bagaje en la vida pública, que de una manera u otra acaba ocupando responsabilidades institucionales al frente de un departamento o ministerio. En puridad, outsider solo se podría ser una vez. Cuando se entra al juego, ya se aceptan todas las consecuencias y se pierde esa condición. Esto, ya digo, sería en el plano teórico, porque si nos trasladamos a la realidad, veremos cómo, inevitablemente, habrá que tener en cuenta la percepción de la ciudadanía sobre esa persona en particular, provocando que el concepto de outsider vea ampliado sus límites.

En la actualidad de hecho, se tiende cada vez más a identificar esta figura con aquella persona que encarna valores distintos a los del establishment, término inglés que quizás pueda sonar algo menos contundente que nuestra ya famosa casta. Responde, por tanto, a esa dicotomía que hemos mencionado anteriormente, sobre nuevo y viejo. Así pues, al outsider se le relaciona con algo nuevo, fresco y por tanto no contaminado de las malas prácticas que, en parte, nos han llevado a la situación crítica que afrontamos durante estos días. Podemos, en general, y Pablo Iglesias en particular, podrían servirnos como primer ejemplo, si bien es cierto que la figura de Iglesias, después de cierta sobreexposición, ha sufrido un cierto desgaste.

El fenómeno outsider se reproduce a lo largo y ancho del panorama político español. El PSOE ha incluido en sus diferentes listas a personas que encajarían en el concepto: Zaida Cantera, militar sin experiencia política, para el Congreso, Ransés Pérez, ex presidente de la Organización Profesional de Inspectores de Hacienda para el Ayuntamiento de la capital o el de más renombre y con mejores resultados, Ángel Gabilondo, catedrático de metafísica y antiguo rector de la Autónoma. Quizás este caso merezca especial atención ya que, a pesar de haber formado parte del último equipo de gobierno socialista al frente de la cartera de Educación, goza de un gran respeto generalizado entre propios y adversarios, alejándose del tópico que hemos mencionado de estar manchado por haber tocado poder.

Podemos y Ciudadanos han optado por esta estrategia puntualmente, aunque como hemos visto, ya intentan venderse como partidos outsiders por sí mismos. En el caso de los primeros, eligiendo al ex JEMAD Julio Rodríguez, para ganar adeptos entre espacios más conservadores, y en cuanto a los segundos, echando de mano de economistas como Luis Garicano o actores sin pasado reciente en el circuito político. El caso del PP parece más llamativo, en tanto que no ha apostado por fichajes externos ni por una profunda renovación, si acaso un cambio de caras en los cuadros intermedios con Pablo Casado o Andrea Levy a la cabeza. En realidad, esta actitud es coherente con su estrategia política. La figura del outsider parece tener más efecto como revulsivo entre la población más joven o entre la parte de la sociedad que más hartazgo manifiesta por la situación actual y no son éstos los caladeros de votos del PP en la actualidad.

Es legítimo que los partidos políticos recurran a la sociedad civil para mejorar su reputación y sacar adelante nuevas políticas. Pero no puede imponerse como una verdadera solución ad infinitum. Deben ser capaces, especialmente los que acumulan una mayor trayectoria, de generar por sí mismos y de entre sus filas, nuevos liderazgos que sean capaces de crear ilusión y abran las ventanas y puertas del establishment, escuchando las reclamaciones de la ciudadanía y adaptándose a los nuevos tiempos.

 

 

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