El valor de mi sangre

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[dropcap]L[/dropcap]os procesos, en política, ya no son tan violentos como antes, porque existen democracias que nos han civilizado hasta el punto de educarnos en la represión como alternativa a la revolución. Somos una sociedad de extremos, sin entender que la virtud no está en el centro sino en la lucha por nuestra dignidad y nuestra libertad sin ningún tipo de temores, porque si nos quitan lo que somos y nuestro derecho a ser felices, ¿qué sentido le queda a nuestra vida? El sentido de esa nueva esclavitud que el neoliberalismo está implantando, poco a poco, en eso que llamamos la Unión Europea, actualmente convertida en un laboratorio de los horrores clasistas y profundamente totalitarios.

Es falso que el fascismo fuese derrotado en 1945. Lo que pasa es que después de la II guerra mundial se replegó en diversas cuevas y disfraces ideológicos para ir asomando más adelante, cuando la memoria de las víctimas vivas se fuese desvaneciendo y las alertas de las nuevas víctimas que entonces aún no vivían estuviesen desactivadas. Y así se fue colando el nuevo fascismo en forma de neoliberalismo económico, que no es más que su brazo armado e implacable, prácticamente invicto desde hace 5 años, albores de la sumisión de muchos estados a los dictados de Berlín.

Desde la caída de Grecia, el hundimiento de España, el rescate de Italia o la humillación a Portugal, muchas cosas y muy graves han pasado en las sociedades bajo el yugo del Euro. Sin embargo, en toda decadencia existe un momento simbólico, no necesariamente el más dañino, que confirma el rumbo tomado por el destino y al que muchos se niegan a mirar, pensando que todo es una paranoia colectiva de algunos, ya que es más cómodo mirar hacia otro lado cuando el desafío real precisa de sacrificios y costes.

Después de las políticas contra la inmigración de algunos países de la UE, hoy ha llegado el campanazo de nuestras conciencias: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea avala discriminar a los homosexuales en la donación de sangre por cuestiones de “salud nacional”. Y lo avala a un país como Francia, donde se supone que su legislación y cultura está plenamente a la vanguardia de la tolerancia, respeto y normalización de la vida y derechos del colectivo LGTB. Si esto es así en Francia, no quiero ni pensar hasta dónde podríamos llegar en ciertos países de Europa del este. En Rusia, desde luego, ya sabemos los niveles.

Evidentemente en la donación de sangre deben cumplirse unos controles médicos y una seguridad sanitaria que garantice la integridad de los donantes y por lo donado. ¿Qué sentido tiene excluir, expresamente, a los homosexuales? Sobre todo por algo muy sencillo: ¿y si el hombre o mujer que dona no especifica su orientación sexual? A menos que se pretenda crear un archivo estatal de personas homosexuales o bisexuales a las que tener en cuenta para diversos factores. No en vano la misma iglesia católica tiene una obsesión enfermiza con los gays y lesbianas.

Estamos, por lo tanto, en un lugar donde los inmigrantes son una amenaza para algunos países; donde los trabajadores que piden derechos una molestia para muchas empresas; donde se puede deponer un presidente elegido democráticamente en un país para que ocupe su lugar un enviado de Merkel; y donde, ahora, se pide a los homosexuales que se aparten voluntariamente a la hora de donar sangre, que no de pagar sus impuestos. ¿Qué será lo próximo? No lo sé muy bien, pero seguro que habrá algo “próximo”, porque aquí no se detendrá esta involución que sufrimos.

Europa está huérfana de izquierdas, de socialdemocracia. No existe más poder que el neoliberalismo y ni siquiera en los países donde triunfa y gobierna el Partido Socialista o algún sucedáneo de izquierdas consiguen ofrecer otro camino que no sea la austeridad y el recorte de derechos. ¿Estamos condenados millones de europeos a vivir una etapa oscura sin saber cuándo volverá a brillar de nuevo el sol que alumbre nuestras esperanzas y nuestros sueños?

En este último año, en España, han aumentado los delitos por odio, sobre todo contra los homosexuales. Nada es por casualidad. España es aún un país intolerante y homófobo, incluso entre la gente más joven. Quedan muchos prejuicios y fobias flotando en el aire de una sociedad donde es preferible demostrar que uno es un “macho ibérico” antes que dejar que sospechen sobre nuestra “masculinidad”.

Yo tuve la suerte de vivir en el 2005 un momento histórico: cuando nos convertimos en el 4º país del mundo en legalizar el matrimonio gay. Tenía 22 años, y por cuestiones lógicas de edad había vivido mi adolescencia en un país que aún se resistía a tratar la homosexualidad de manera abierta y, como mínimo, respetuosa.

Ahora tengo 31, y he notado como la sociedad española ha sufrido un freno a la normalización y visibilización LGTB, o como la queramos llamar. Nunca en mis artículos y mucho menos en mi carrera política he dicho o utilizado nunca como propaganda o plus personal mi orientación sexual. Muchos de mis amigos me lo han reprochado, e incluso me han criticado fuertemente porque me acusaban de no querer escribir públicamente que soy gay. Yo es que siempre pensé que mis gustos, mi orientación y mis sentimientos eran algo natural de mi persona que no necesitaban explicarse. Pero, tal vez, ellos tenían razón. Ahora, sin embargo, he visto una ocasión necesaria para dar ese paso, pienso que irrelevante, de escribir y decir a los 4 vientos que el valor de mi sangre no es menos que la sangre de un hombre que le gusten las mujeres.

El valor, en realidad, solo reside en las personas como tales, aunque siempre los hombres más perversos e impuros han buscado la pureza de la sangre… en los demás.

 

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