Cambio de papeles

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Los tiempos han cambiado para las testas coronadas. A diferencia de lo reflejado en la exitosa Juego de tronos, la política ya no se dirime mediante pleitos privados entre familias aristocráticas. Siglos de revoluciones han diluido por completo el monárquico boato hasta restringirlo a la mera pose. La Europa del XXI conoce soberanos de andar por casa; exponentes menores de una institución que apenas recuerdan la potestad con que contaron sus ancestros. Ni reinan, ni gobiernan; tan sólo representan. Como indica Michael Gambon en El discurso del rey, la labor del supuesto jefe del Estado ha quedado reducida a la de actor.

El personaje que encarna Gambon en la cinta –Jorge V de Inglaterra- tenía en poca consideración la profesión dramática. Un prejuicio razonable desde su prisma estamental, pero errado en mi opinión. La capacidad actoral de adaptarse a la escena, o sea, la mimesis aristotélica, proporciona un envidiable control tanto de las emociones como de las muy diversas situaciones en las que se han visto las coronas occidentales. Para subsistir, han de manejarse en el arte de la interpretación. Pero, sobre todo, deben saber comunicar.

Resulta imprescindible eludir aquellas tendencias nocivas en lo que Mario Riorda denomina rutinas de la comunicación, los hábitos desarrollados por un ente público al transmitir de continuo. Cualquier agente público está obligado a conectar con el público-pueblo mediante todas las herramientas lícitas para ello. La monarquía se halla doblemente apremiada a este trabajo. Más allá de cualquier consideración personal que podamos tener sobre ésta, su condición de entidad predemocrática a menudo le acarrea suspicacias que empañan sus éxitos actuales. La realeza ha invertido no pocos esfuerzos en granjearse la aceptación ciudadana siguiendo la estrategia del acercamiento. Hay quienes pudieran pensar que dicho plan conllevaría resultados contraproducentes, en tanto la disolución de la barrera psicológica entre el soberano y su pueblo alentaría la vindicación de un régimen republicano; pudiera ocurrir que la gente discurriera que el rey es un ser humano corriente y, por ende, prescindible. Ello depende, entonces, de multitud de factores, como el momento histórico, la cultura política local o el nivel educativo medio. Resalta, en especial, el talento para la comunicación de aquella quien ostente el título.

La Casa Real española ha destacado por su uso de la proximidad. Desde la restauración de la dinastía en un Estado de Derecho, los Borbones jamás han perdido tino en demostrar llaneza. El rey emérito Juan Carlos I pasará a la Historia como el Campechano. Empero, su lógico desgaste, físico además de simbólico, aumentó por los escándalos de corrupción económica. Todo ello condujo a su sucesión prematura por su hijo, Felipe VI, menos dicharachero que su padre. La Corona perdió sencillez en favor de la solemnidad. La tibieza de don Felipe quedó demostrada tras la ruptura del protocolo protagonizada por Pablo Iglesias la semana pasada; don Juan Carlos, a buen seguro, habría prorrumpido en idéntico o mayor alarde de espontaneidad que el líder de Podemos.

La timidez filipiana, sin embargo, cuenta con una excelente contraparte: la reina Letizia. Antigua presentadora del Telediario en RTVE, su formación periodística le dota de las destrezas ineludibles para la monarquía actual. Su atractivo, su porte y elegancia redundan en un efecto “encantamiento”, similar al del hada Galadriel de El señor de los anillos. Sus orígenes humildes –al menos cotejados con los de su esposo- adquieren la cercanía de la que carece su marido. Una baza que los asesores de Casa Real nunca dudan en utilizar, como la pasada gala de los Premios Woman, donde pronunció un discurso brillante, además de eclipsar a las obsequiadas. Asimismo, su aspecto moderno, acorde con la última moda, atrajo hacia sí todas las pupilas. Un cambio de papeles que recuerda a la princesa Gracia de Mónaco, diva cinematográfica que abandonó Hollywood por un trono diminuto, si bien renombrado. Una transformación seguida por Kate Middleton, hija de una azafata y de un despachador de vuelos, que algún día será llamada reina de Inglaterra.