Nos vemos en mi mesilla, maestro

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[dropcap]E[/dropcap]l 13 de abril, cuando me enteré de que la luz del maestro Eduardo Galeano decidió apagarse, entendí que mi artículo de todos los domingos debía estar dedicado a él y a todo su legado. Después, reflexioné sobre él y me acordé del primer día en el que su luz entró por mi ventana.

Mi padre siempre me dice que llega un momento en la vida en el que o la vida te explica los libros o los libros te explican la vida, pero yo , en ese momento, no encontraba ni letras que escribieran respuestas ni momentos que me guiaran hacia unas líneas grabadas en un papel. Y apareció él, de casualidad, como ocurren las cosas bonitas. Recuerdo, como si fuese hoy, las primeras líneas con las que le descubrí: “Si me caí es porque estaba caminando y caminar vale la pena, aunque te caigas.” Al terminar de pronunciar la última “s”, entendí que no un libro había venido para explicarme ciertos aspectos de la vida (no quiero que nada me explique todos los misterios de la vida: ¡Menudo aburrimiento!) sino que había llegado un señor que hablaba en poesía que producía un pum, pum, pum en el pedacito del cuerpo donde siento.

Al fin, decidí que, en el artículo que debía escribir, no me podía limitar a citar cuatro o cinco datos de su biografía ni escribir “las ocho mejores frases de Eduardo Galeano”: Una persona que impulsa a seguir caminando se merece, por mi parte, una reflexión en modo de gratitud por toda esa luz que decidió encender.

Existen dos tipos de muertes: una es la común, que es el momento en el que dejas de respirar y otra, la menos común, una muerte que indica que esa persona ya no estará físicamente, pero, de alguna manera, seguirá vivo, en cualquier parte.

Esta última muerte es la que ha tenido el maestro Eduardo Galeano. El monstruo del cáncer anidó en ti y te llevó con él, aunque no sin antes ganarle un par de batallas, tal y como tú alentabas al resto de los mortales. Se anidó y te llevó, pero lo que no se ha podido llevar (ni nadie será capaz de hacerlo) son las palmadas en el hombro que daban tus letras, cuando más se necesitaban ni tu poema, que debería estar impreso en todos los libros de las constituciones, donde imaginas un mundo en el que no existen niños pobres y niños ricos, sino niños libres y felices; ni tu bandera de Palestina; ni tus peticiones a la Iglesia para que pidan perdón por lo que han hecho mal ni, por supuesto, tus Venas abiertas de América Latina.

Como digo, quisiste familiarizarnos con el miedo para perderle el miedo al miedo: Nos hiciste ver que para levantarse hay que caerse; para ganar, hay que perder; para sonreír, hay que saber llorar… Y acababas con una simple frase: “¿Y bueno? ¡Es la vida  no más!” y todo parecía más fácil, más humano. Además, cambiaste la física, pues, ¡Claro que estamos hechos de nuestras historias y no de átomos!

Muchos lo pensaban, pero tú lo dijiste. Pocas veces te acompañó la sombra de la cobardía, proyectabas el valor de la vida, el valor de agarrarla, exprimirla y sentirla. Tanto es así que fuiste uno de los primeros en dar un puñetazo en la mesa en contra del FMI, a los que le dijiste que eran unos “hijos de puta” sin glándula de la conciencia; ellos no supieron  qué responder. Cuando se cree en lo que se dice; cuando se llevan dentro los conceptos “honradez” y “razón”, entonces, no hay mandatario que pueda parar eso. Nunca. Nadie.

Uno de tus principales objetivos era ver un mundo que representase una casa para todos y no para unos pocos. Para eso, otorgaste los materiales necesarios para construirla: amor hacia los animales -tú  mismo revelaste qué sentiste cuando tu perro, Morgan, se fue-, la capacidad para ver la grandeza en las pequeñas cosas, en las cotidianas; dignificación del papel de la mujer y el derecho a soñar. Dentro de esa casa, estableciste unas siamesas con el nombre de “justicia” y “libertad”. De fondo, el universo.

Por eso que, aunque no podamos ver tu cabello blanco o escuchar tu voz para el alma, siempre habrá una nube compuesta por historias que deambula por el universo que lloverá gotas de libertad y rebeldía.

Que la tierra te sea leve, maestro.

 

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