La pobreza ha sido el estadio general de la humanidad desde el Paleolítico, “la condición de partida” a la que hace referencia el economista Johan Norberg en el capítulo sobre pobreza de su libro “Progreso. A partir de la Ilustración como idea y de la Revolución Industrial como acción, la pobreza fue dejando paso a estándares de vida cada vez mejores, hasta el punto de que nunca hubo el nivel de riqueza y bienestar como el que disfrutamos actualmente.

Aun así, todavía existen muchos países subdesarrollados, que no han ‘escapado’ de la pobreza y de condiciones de vida paupérrimas (utilizando la terminología que utiliza el economista Angus Deaton en su libro “El gran escape”). El subdesarrollo, según la literatura económica, se caracteriza por cuatro puntos principales: escasez -o ausencia- de capital, tanto físico como humano; falta de integración en los mercados internacionales; un bajo nivel de industrialización; y, por último, la trampa del ‘crecimiento empobrecedor’, esto es, cuando el precio de los bienes y servicios exportados se reduce en poco tiempo frente al de los importados. Si a estas características le añadimos políticas económicas como el control de precios, la inflación, la nacionalización de empresas o un sector público desbocado, con grandes cantidades de déficit y deuda pública, estamos ante un escenario de pobreza asegurada y subdesarrollo profundo.

La condición desarrollado-subdesarrollado cambia con el paso del tiempo y en función de políticas económicas más o menos acertadas que ponen en marcha los gobiernos de los diferentes países. El subdesarrollo, por tanto, no es una condición permanente e inevitable, sino un estadio que puede superarse, como han demostrado varios países recientemente, como Hong Kong, Corea del Sur o Singapur, o históricamente: el nivel de desarrollo actual de países como EEUU, Alemania o Canadá, entre otros, no es el mismo que el del siglo XVIII.

¿Cómo se puede salir del subdesarrollo? Algunos creen que mediante ayuda externa a los países pobres, como ha ocurrido en las últimas décadas en el continente africano. Otros creen que mediante el capitalismo y un marco institucional de mercado libre, que haga posible las reformas profundas que los países pobres necesitan, como atraer capital, inversión, mejorar la integración en los mercados internacionales, facilitar la innovación, etc.

¿Sirve la ayuda externa para caminar hacia el desarrollo? Tomando como referencia las investigaciones de William Easterly, Peter Boone, Fredik Erixon o Dambisa Moyo, entre otros, podemos entender cómo la ayuda externa, en vez de solucionar el problema, lo dilata.

Easterly muestra cómo la burocracia distorsiona el proceso, los recursos afluyen a los gobiernos de los países receptores y la capacidad administrativa de esos gobiernos es totalmente inadecuada. El propio Easterly demuestra que la ayuda externa hacia África no ha servido en absoluto para promover el crecimiento económico (gráfico en forma de X, donde aumenta la ayuda y disminuye el crecimiento per cápita).

 

Por su parte, Boone tampoco encuentra correlación positiva entre ayuda externa y crecimiento económico per cápita (medido en Producto Nacional Bruto); además, muestra que el efecto más importante de las transferencias no es aumentar la inversión, sino dilatar el tamaño del sector público: el consumo público aumenta en tres cuartas partes de la ayuda recibida.

Estadística que también recoge Erixon, quien muestra, por otro lado, cómo Asia, con el ejemplo más claro de China e India, en términos generales, han desarrollado su economía cuando han reducido la ayuda externa que recibían, mientras países africanos como Kenia, que contaban con proyecciones por parte de algunos economistas de que “la pobreza extrema se erradicaría en los 90 y en la década de 2000 el ingreso per cápita keniata alcanzaría el nivel de España, Portugal o Nueva Zelanda”, siguen en niveles de ingreso per cápita de 1970. La magia no existe en economía y los milagros tampoco. Kenia apostó por un camino de intervencionismo, unido al efecto perverso de la ayuda externa, y hoy en día continúa siendo de los países más pobres.

Asimismo, Erixon pone de manifiesto que la ayuda externa recibida por estos países es fungible, es decir, no se destina a inversiones adicionales, sino que mantiene el nivel previsto de inversión y aumenta el consumo.

La economista zambiana Dambisa Moyo se hizo un hueco en este ámbito a partir de la publicación de su libro “Dead Aid”. En palabras de la propia Moyo, “no ha habido nunca un país en el mundo que haya alcanzado un crecimiento constante y haya reducido la pobreza de manera significativa con las herramientas de la ayuda internacional externa”, según ella por la incapacidad de los gobiernos, que pierden su responsabilidad debido al incentivo perverso de la ayuda. En palabras de la propia economista “hasta que los gobiernos africanos no vivan o mueran dependiendo de la creación de empleo y de la distribución de bienes a los africanos y no solamente se dediquen a recibir el dinero de ayudas, seguiremos viendo una situación en la que el sector privado no se ha desarrollado y los africanos no tienen oportunidades”. Dambisa Moyo, empleando datos del BM y del FMI, calcula que en los últimos 60 años se han enviado más de un trillón de dólares a África. Como evidencian los trabajos mencionados antes, dicha ayuda no ha servido para el desarrollo de la región y la salida de la pobreza.

El otro camino para abandonar el subdesarrollo es la aplicación de principios económicos liberales y capitalistas. Los que las han llevado a cabo han visto cómo sus economías dejaban atrás el subdesarrollo y se iban convirtiendo en economías prósperas. Da igual el siglo, quienes dejan camino más o menos despejado al mercado, a la función empresarial, a la innovación humana, terminan alcanzando bienestar y desarrollo económico. Hay gente que habla de ‘milagros económicos’ cuando una economía prospera y crece, pero éstos no existen. En palabras de Ludwig von Mises, en referencia al “milagro alemán” posterior a la II Guerra Mundial: “esto no fue milagro alguno; fue la aplicación de los principios de la economía de libre mercado, de los métodos del capitalismo, aun cuando no fueron totalmente aplicados en todos sus aspectos. Una recuperación económica no proviene de ‘milagro’ alguno, sino de la aplicación de sanas políticas económicas”. Del mismo modo, la transición del subdesarrollo al desarrollo tampoco puede pasar por milagros.

Respecto a la libertad económica, el continente africano continúa con una elevada losa sobre sus espaldas: de 52 países analizados, solo 2 alcanzan el estatus de “muy libre” (> 70/100). Y no es casualidad que en el resto del mundo, las zonas menos desarrolladas y más pobres coincidan con las zonas de menor libertad económica.

Para dejar atrás el estadio de subdesarrollo y los cuatro puntos mencionados al comienzo, un país debe abrazar, por tanto, los principios económicos del capitalismo y del libre mercado, dejar camino despejado a la función empresarial, a la cooperación humana y a la mano invisible del mercado, que diría Adam Smith, como han demostrado los países que fueron emergentes y ahora están desarrollados, y sobre todo, enterrar la tentación del intervencionismo, siempre presente en políticos y economistas más cercanos a la fantasía que a la realidad. Además, la presencia de un marco institucional que respete dichos principios económicos y no intente hacer magia con recetas que fracasan siempre que se intentan, como ocurre con el socialismo. Que el socialismo funcione sí que sería un milagro, pero ya saben, no existen.

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