Brecha salarial en turismo supera 17% a nivel mundial: mujeres pierden miles en sueldos

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El turismo sigue siendo un pilar global de creación de empleo, pero su crecimiento reciente plantea una pregunta urgente: ¿están mejorando las condiciones para las mujeres que sostienen gran parte de esa industria? Datos y estudios recientes muestran que la presencia femenina no siempre se traduce en igualdad real, y eso tiene consecuencias económicas y sociales inmediatas.

La recuperación del gasto turístico tras la pandemia, reflejada en los últimos informes de organismos internacionales, ha reactivado debates sobre calidad del empleo y sostenibilidad. Aunque en ramas como alojamiento y restauración las mujeres constituyen una parte importante de la fuerza laboral, varios análisis recientes señalan brechas persistentes en salario, seguridad laboral y acceso a cargos directivos.

Más que contar rostros: la calidad del trabajo importa

En países y regiones donde el turismo crece con rapidez, las cifras agregadas pueden ocultar realidades diversas. Estudios regionales publicados en 2024 sobre América Latina y el Caribe y el barómetro más reciente de la Organización Mundial del Turismo muestran tendencias contrapuestas: crecimiento del gasto turístico, pero estancamiento o empeoramiento de las condiciones laborales para muchas trabajadoras.

En numerosos contextos, las mujeres aparecen sobrerrepresentadas en actividades informales, en empleos temporales o en tareas no remuneradas dentro de negocios familiares. Además, el acceso al financiamiento sigue siendo un obstáculo frecuente para quienes emprenden en el sector: muchas iniciativas femeninas arrancan con recursos propios o apoyo familiar, mientras que los instrumentos financieros suelen estar diseñados sin adaptar sus criterios a la realidad de estas emprendedoras.

Brechas salariales y desigualdad encubierta

Las estimaciones actuales apuntan a una brecha salarial en el turismo que ronda el 17% a escala global, y se sitúa incluso más alta en algunas regiones como América Latina, donde supera el 18%. Estos promedios no cuentan la historia completa: investigaciones de campo han documentado diferencias mucho más marcadas dentro del mismo puesto o establecimiento.

Por ejemplo, investigaciones cualitativas en algunos destinos europeos y asiáticos registraron casos de trabajadoras con salarios claramente inferiores a los de compañeros varones que desempeñaban funciones equivalentes. Estas disparidades suelen relacionarse con la informalidad, la segmentación ocupacional y la subvaloración del trabajo tradicionalmente femenino.

Barreras estructurales que frenan el ascenso

Más allá de los salarios, hay límites sistémicos al acceso femenino a posiciones de mayor responsabilidad: la combinación de trabajo remunerado, tareas domésticas y cuidado—lo que muchas investigaciones describen como una carga múltiple—reduce la disponibilidad para asumir puestos con jornadas largas o desplazamientos frecuentes, habituales en muchas áreas del turismo.

Además, la cadena de valor del sector tiende a concentrar a las mujeres en eslabones con menor valor añadido (limpieza, cocina, atención básica), mientras que la dirección y la propiedad empresarial permanecen dominadas por hombres. Esa estructura de roles limita no solo ingresos sino también la voz que las mujeres tienen en las decisiones estratégicas del sector.

En países con marcos legales avanzados, como España, las leyes han mejorado la protección formal, pero no siempre logran erradicar prácticas laborales precarias. Casos de movilización laboral han puesto de relieve que la normativa necesita traducirse en cambios reales en el día a día laboral.

Riesgos emergentes: seguridad y violencia

El crecimiento turístico sin salvaguardias puede aumentar exposiciones a acoso y explotación en ciertos entornos. Estudios recientes subrayan la necesidad de integrar medidas de prevención y respuesta dentro de las políticas de desarrollo turístico, para asegurar que la expansión económica no implique mayor riesgo para trabajadoras y comunidades.

  • Mejorar la calidad del empleo: convertir puestos temporales o informales en empleos con contrato, protección y acceso a prestaciones.
  • Reducir la brecha salarial: auditar retribuciones y corregir prácticas que generan desigualdad en el mismo nivel y función.
  • Facilitar acceso al financiamiento: diseñar instrumentos crediticios sensibles al género y a las realidades de emprendimiento local.
  • Promover liderazgo inclusivo: programas de formación y políticas que impulsen la presencia femenina en cargos directivos y de propiedad.
  • Garantizar entornos seguros: protocolos y sanciones claras contra el acoso y la violencia, así como servicios de apoyo para las víctimas.
  • Mejorar la información: datos desagregados por sexo, ocupación y modalidad contractual para diseñar políticas eficaces.

Estos elementos forman un menú de prioridades que, combinados, pueden transformar la participación femenina en una ventaja competitiva para el sector: mayor inclusión suele traducirse en mayor innovación y resiliencia.

El desafío clave es pasar de la retórica a la inversión concreta. Cuando la igualdad de género no cuenta con presupuesto y líneas de acción medibles, las políticas tienden a quedarse en buenas intenciones. Incorporar metas claras en planes nacionales de turismo, condicionar parte de la financiación a resultados en equidad y fortalecer capacidades locales son pasos necesarios para que el crecimiento sea también más justo.

Mirando al horizonte inmediato, la designación del 2027 como Año Internacional del Turismo Sostenible y Resiliente por parte de Naciones Unidas ofrece una oportunidad para ajustar el rumbo: si el sector aprovecha ese marco para priorizar empleos dignos, seguridad y liderazgo femenino, los beneficios sociales y económicos pueden ser sustanciales. Si no, el crecimiento seguirá reproduciendo desigualdades que hoy ya cuestan a las comunidades y a la competitividad del propio turismo.

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