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Tras el éxito de Pájaro azul y de la canción que lo catapultó, Amapolas, Leo Rizzi (Ibiza, 27 años) presenta un nuevo disco que apuesta por la pausa: una obra inspirada en el pensamiento del filósofo Byung-Chul Han que reivindica la belleza como un valor no utilitario. En un momento en que la industria musical premia la velocidad y la exposición constante, Rizzi plantea una defensa del arte como espacio libre de mercado.
Un disco pensado como resistencia
Rizzi explica que el punto de partida del álbum es la idea de Han sobre la belleza de las flores como un «lujo» ajeno a la economía: un bien que existe por sí mismo y no para producir. Esa premisa marca la dirección artística y también la crítica que el músico lanza contra la hiperaceleración y la mercantilización de la creación contemporánea.
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Para él, la música debe recuperarse como expresión y no transformarse únicamente en producto: el disco funciona, además, como un manifiesto personal frente a las presiones del mercado y los ritmos de consumo que acaban condicionando el contenido creativo.
Crítica al sistema desde dentro
Preguntado sobre la tensión de criticar al capitalismo desde la posición privilegiada que da formar parte de la industria, Rizzi señala la trampa habitual: creer que reconocer un problema basta para eludir responsabilidades. Aboga por asumir conductas y valores distintos y por recuperar narrativas personales más sólidas que la mera producción y consumo.
Su propuesta recupera elementos considerados «tradicionales» como ancla frente a la globalización. Nacido en Ibiza y con estancias en Uruguay, Valencia, Madrid y Barcelona, Rizzi habla desde la experiencia del desarraigo y subraya la necesidad de no perder las herencias familiares y culturales en nombre de la modernidad.
«La música debe ser música por sí misma; no es necesario justificarla por su rendimiento.»
Lo sagrado, la portada y la fe
El álbum incorpora referencias a lo sagrado como forma de valorar ciertas prácticas y símbolos —la portada, por ejemplo, remite a la figura de Hanuman, un referente de la mitología hindú—. Rizzi evita ceñir la fe a una sola institución y la entiende como un territorio abierto donde dialogan hinduismo, budismo y cristianismo.
En la canción «Fe» colabora Manu Om, que, según Rizzi, le recordó la importancia de aprender a desprenderse del modo en que el público recibe lo que un artista ofrece: ejercer como canal sin atarse a la aprobación externa.
Ritmo creativo y sobreexposición
El músico advierte que la industria impulsa la idea de convertirnos en «emprendedores de nosotros mismos», una presión que alimenta la sobreexposición y el miedo a no ser vistos. Reducir la velocidad de producción, afirma, permite reconectar con una dimensión más humana y contemplativa del trabajo creativo.
Sobre la fama, Rizzi ofrece una definición íntima de éxito: un equilibrio entre alcanzar metas personales y mantener tranquilidad interior sin compararse constantemente con otros.
- Para el público: Recuperar la escucha atenta frente al consumo fugaz.
- Para artistas: Priorizar la coherencia creativa por encima del rendimiento algorítmico.
- Para la industria: Repensar modelos que no reduzcan la música a un bien puramente económico.
- En lo social: Volver a valorar las tradiciones como fuentes de identidad en un mundo globalizado.
Sobre Amapolas, su gran popularidad y el temor a convertirse en un artista de un único éxito, Rizzi confiesa gratitud: la canción le abrió puertas y, años después, conecta con las mismas preocupaciones estéticas que hoy explora en su obra. Y ante la pregunta sobre si es posible hacer buena música sin recurrir a la vulgaridad, su respuesta es sencilla: la expresividad artística no tiene límites; cada creador decide su lenguaje.
El nuevo disco de Rizzi llega así como una invitación a frenar, a valorar lo que no busca utilidad inmediata y a plantear una conversación urgente sobre cómo queremos consumir y producir cultura en la era digital.










