Generación sándwich: mujeres sufren doble carga por cuidar hijos y padres

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En España, muchas mujeres están en una encrucijada silenciosa: trabajan fuera de casa, educan a sus hijos y cuidan a padres con dependencia. Este triángulo de responsabilidades —visible en el Día Internacional de la Mujer— tiene efectos directos en su salud, su empleo y en la sostenibilidad del propio sistema de cuidados.

Una jornada que ya no es solo doble

A primera hora Gema, de 52 años, organiza el día por turnos: colegio, oficina, residencia donde está su madre con Alzheimer, actividades extraescolares, deberes y las tareas domésticas que quedan antes de dormir. Lo habitual no es un descanso sino administrar urgencias y citas médicas mientras intenta mantener su empleo.

Describe la fatiga como constante: la mente ocupada en listas interminables y decisiones que no permiten desconectar. Divorciada, sin una red familiar que le cubra, apenas encuentra momentos para sí misma —ver una serie o salir con amigas son excepciones— y no recuerda la última vez que se dedicó cuidado personal continuado.

Quién cuida: perfil y números

Los registros del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD) de septiembre de 2025 sitúan en 95.372 las personas que cuidan sin ser profesionales a familiares dependientes. De ellas, la gran mayoría son mujeres y más de la mitad tienen edades maduras.

  • 87% de los cuidadores no profesionales son mujeres.
  • 62% tienen más de 50 años.
  • El trabajo de cuidados suele ser prolongado: la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) sitúa la media por encima de los seis años.

El cuidado informal implica tareas tan variadas como apoyar en las actividades básicas diarias, acompañamiento emocional, manejo de la enfermedad y labores domésticas. Las consecuencias reportadas por cuidadoras son numerosas y multidimensionales.

  • 40% dice que su vida se ve afectada globalmente.
  • 70% percibe pérdida de tiempo libre y daños en sus relaciones.
  • 35% sufre efectos físicos: cansancio, dolores musculares y cefaleas.
  • 32% experimenta alteraciones emocionales como ansiedad o tristeza.
  • 38% nota un impacto en su trayectoria profesional.

La carga para la «generación X» y sus consecuencias

Las mujeres nacidas entre 1965 y 1980 están en el centro de este fenómeno: con hijos que a menudo complementan su escolaridad y padres que requieren atención prolongada, el conflicto se intensifica cuando la maternidad se retrasa y las redes familiares son más pequeñas.

La socióloga Natàlia Cantó alerta de que la combinación de hogares menos numerosos y una población que envejece acabarán aumentando la demanda de cuidados profesionales. Además, recuerda que la sobrecarga penaliza la carrera laboral de muchas mujeres: reducciones de jornada, estancamiento profesional o abandono del empleo son realidades que perpetúan la desigualdad de género.

Permisos de cuidado y políticas públicas que reconozcan la importancia de esta labor aparecen, según las expertas, como medidas esenciales para redistribuir responsabilidades fuera del ámbito exclusivamente familiar.

Historias que ilustran un problema estructural

Natalia, 47 años, periodista y madre soltera, vive con sus padres mayores. Su madre tiene artrosis crónica y su padre fue diagnosticado con Alzheimer. Hija única, se mudó para estar cerca y hoy organiza su vida entre el trabajo, la escuela de su hija y las citas médicas.

Reconoce los síntomas clásicos del desgaste: fatiga física, tensión emocional y la sensación de que no hay tiempo para planificar el futuro. Antes podía apoyarse en su madre para cuidar a la nieta; ahora esa posibilidad se reduce y la presión aumenta.

Ambos relatos muestran cómo el cuidado informal acaba transformando roles familiares y obliga a muchas mujeres a convertirse en proveedoras de atención las 24 horas.

Qué reclaman las expertas

María Luisa Delgado, vicepresidenta de la SEGG, insiste en que el cuidado no puede seguir considerándose un asunto privado ni depender solo del compromiso familiar: debe integrarse como una responsabilidad social con servicios públicos suficientes.

Delgado reclama un sistema público robusto que incluya más atención domiciliaria profesionalizada, plazas residenciales y ayudas económicas reales para quienes cuidan. Sin estas medidas, advierte, la carga seguirá concentrándose en mujeres y ampliando desigualdades.

Iniciativas y apoyo a las cuidadoras

En el marco del 8M, Cruz Roja lanzó la campaña «Que lo hagamos, no significa que debamos» para visibilizar la desigualdad en la distribución de los cuidados. Según la organización, del total de usuarios que declaran dedicar tiempo al cuidado, el 83% son mujeres.

Begoña Aricha coordina el servicio Multicanal SercuidadorA, orientado a informar y acompañar a personas cuidadoras. Señala que cuidar requiere aprendizaje técnico —mover a una persona sin perjudicar la salud postural, realizar una higiene adecuada, etc.— y que la formación mejora la calidad de vida tanto del dependiente como del cuidador.

Aricha subraya también la importancia del autocuidado: mantener la salud física y emocional, reservar momentos para el ocio y procurar redes de apoyo para evitar el agotamiento.

  • Atención profesional y formación para cuidadores.
  • Apoyo emocional y acompañamiento telefónico o presencial.
  • Recursos para aliviar la sobrecarga (respiro, ayudas económicas y servicios domiciliarios).

Lo que está en juego

El aumento de la esperanza de vida y la menor disponibilidad de redes familiares hacen que la demanda de cuidados vaya a crecer en los próximos años. La forma en que se aborde este desafío afectará la salud pública, la igualdad de género y la viabilidad del empleo para miles de mujeres.

Si el cuidado se entiende como un derecho de las personas mayores y una responsabilidad pública, las soluciones pasan por reforzar servicios, reconocer económicamente el trabajo de cuidados y facilitar permisos laborales específicos. Sin medidas estructurales, la actual presión seguirá recayendo de forma desproporcionada sobre mujeres que ya no pueden cargar con todo en solitario.

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