Lolita Flores regresa al universo lorquiano desde la mirada de una criada que siempre estuvo en la sombra: Poncia. Su nueva interpretación toma la obra clásica y la convierte en un espejo sobre las libertades femeninas y las heridas sociales que persisten hoy, con ecos en debates actuales sobre derechos, religión y memoria cultural.
La actriz, cantante y figura pública habla con precisión sobre el proyecto y su propia trayectoria: mezcla de raíces andaluzas y catalanas, compromiso con el teatro y el cine, y una postura clara sobre la dignidad de las mujeres en cualquier época.
Poncia es, según Lolita, la voz que desvela lo que ocurre fuera de la casa de Bernarda: una vida con afectos, contradicciones y resistencias. En esta relectura se muestra a una Poncia más joven, que descubre el mar, ama y forma una familia junto a Evaristo. Ese pasado ilumina por qué la casa de Bernarda se siente como una prisión emocional.
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Para la actriz, la fuerza del texto reside en mostrar la miseria del alma —no solo la económica— y en cuestionar modelos de autoridad que sofocan. Esa mirada trae a primer plano un reclamo contemporáneo: el derecho a decidir cómo vivir y a expresar el afecto sin sanciones sociales.
Cuando se le pregunta por Bernarda, Lolita apunta a una figura construida desde la amargura y la rigidez. No la ve como una villana gratuita, sino como alguien cuya dureza es fruto de una biografía que habría marcado su carácter. Esa explicación sitúa la obra en un contexto histórico donde las mujeres estaban prácticamente sin voz.
Las raíces personales de la actriz ayudan a entender su interpretación. Habla de abuelos trabajadores —costureras, hosteleros, pescaderos— y de un hogar donde la convivencia fue amplia y diversa. Esa convivencia incluyó amistades y vecindad de distintos estratos sociales y también el reconocimiento temprano hacia el colectivo LGTBI+, algo que ella recuerda como natural y cotidiano.
La memoria familiar, mezcla de Cataluña y Andalucía, aporta matices a su visión: por un lado, la «garra» catalana; por otro, la vitalidad andaluza. Ambas proveniencias, dice, forjaron un carácter autónomo que se refleja en su forma de acercarse a los personajes.
Sobre mujeres y emancipación, Lolita recuerda que históricamente muchas fueron castigadas por salirse de las normas y que todavía hay lugares donde esa opresión persiste. Su postura es clara y sencilla: la libertad personal debe primar, incluidos los debates sobre vestimenta religiosa. Cree que usar burka o velo debe ser una elección, no una imposición.
En lo profesional, la actriz reivindica el teatro como un espacio vivo y cambiante: cada función es distinta porque cambian el intérprete y el público. Valora el cine y la televisión como herramientas complementarias —anuncia el próximo estreno de Mallorca confidencial— pero subraya que el teatro sigue siendo su gran escuela y su recompensa directa es la respuesta de la platea.
Lolita también recuerda su época como revelación en el cine con la película Rencor, premio Goya incluido, y cómo esa etapa la hizo sentirse, en ocasiones, una «intrusa» hasta que comprendió que hoy hay muchas voces nuevas en la profesión.
En cuanto a asuntos públicos, no rehúye la polémica: reclama que la justicia actúe en casos como el de la gestión fiscal que perjudicó a muchos profesionales. Aun admitiendo que lo perdido no se recupera fácilmente, pide que se esclarezcan responsabilidades y se restituya la equidad.
- Temas centrales: libertad femenina, memoria social, resistencia frente a normas opresivas.
- Qué aporta la nueva Poncia: un pasado que humaniza al personaje y amplía el universo de Lorca.
- Relevancia hoy: conversaciones sobre derechos, diversidad y justicia fiscal; teatro como espacio de diálogo.
- Próximos proyectos: estreno cinematográfico y continuidad en formatos televisivos y teatrales.
La charla deja trazos personales que enriquecen la reflexión: una familia trabajadora que abrió su casa a todo tipo de personas, la experiencia de crecer sin etiquetas impuestas y la convicción de que el reconocimiento artístico verdadero llega cuando la gente responde en el patio de butacas.
En definitiva, la propuesta de Lolita con Poncia no es solo una revisión dramatúrgica: es una invitación a repensar cómo las normas afectan a la vida íntima y pública de las mujeres. Su voz —forjada en el escenario, la música y la vida familiar— pretende conectar con audiencias que hoy siguen discutiendo qué significa ser libre.












