Trump aleja aliados: EE. UU. pierde respaldo internacional por sus amenazas

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El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha puesto en marcha una dinámica de alianzas que, en pocas semanas, muestra señales de fractura. El detonante más inmediato ha sido la ofensiva contra Irán, que no solo ha tensado la cooperación militar, sino que también plantea riesgos concretos para el suministro energético y la estabilidad regional.

Una acción militar que dejó a aliados fuera de juego

La campaña contra Irán se lanzó con rapidez y, según responsables internacionales, con escasa comunicación previa hacia los socios. Esa falta de coordinación se ha traducido en reproches y en una respuesta desigual entre países cercanos a Estados Unidos.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se ha mostrado alineado con Washington en los bombardeos, pero otros socios tradicionales se han mostrado más cautelosos. Irán ha respondido con ataques que han afectado a países como Catar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, todos ellos sedes de instalaciones norteamericanas.

En público, el presidente no ha escondido su frustración. Ha presionado a los miembros de la OTAN y a gobiernos occidentales, llegando a calificar de «cobardes» a quienes no se sumaron a iniciativas para asegurar el paso del estrecho de Ormuz, según declaraciones difundidas por la Casa Blanca.

Desde la alianza atlántica, el secretario general Mark Rutte reconoció posteriormente la ausencia de comunicación previa, y justificó en parte esa decisión por el temor a filtraciones. En paralelo, la portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly, defendió la postura presidencial y subrayó que no se permitirá que ciertos socios traten «injustamente» a Estados Unidos.

Lo que está en juego ahora

Más allá del gesto militar, las consecuencias prácticas empiezan a materializarse: riesgos para las rutas energéticas, posibles nuevas olas de violencia en la región y una erosión de la confianza entre aliados. Todo esto reduce la capacidad de Washington para construir coaliciones estables en crisis futuras.

  • Seguridad energética: interrupciones en el estrecho de Ormuz podrían disparar precios del petróleo.
  • Presencia militar: países que albergan bases estadounidenses podrían reconsiderar acuerdos de apoyo.
  • Fragmentación aliada: menor coordinación multilateral frente a amenazas comunes.
  • Impacto político interno: líderes europeos deben medir la reacción pública ante alineamientos con Washington.
  • Riesgo de escalada: ataques y represalias pueden arrastrar a actores regionales y globales.

Un distanciamiento que no empezó ayer

Para analistas como Mariano Aguirre Ernst, investigador sénior de CIDOB, la brecha no es nueva pero la guerra la ha acelerado. Ya existía un desgaste previo debido a políticas estadounidenses erráticas y a decisiones comerciales y diplomáticas que generaron inquietud entre aliados.

Según Aguirre Ernst, la percepción de un gobierno cambiante —que alterna críticas y elogios hacia los mismos socios— dificulta la planificación a largo plazo. En ese contexto, la relación con potencias como China y Rusia se mantiene en una mesura tensa: Washington busca mostrarse a la vez competitivo y dispuesto a negociar.

El calendario diplomático sigue moviéndose: la visita prevista a China para mediados de mayo es un ejemplo de cómo la Casa Blanca combina gestos hacia rivales estratégicos mientras su base de aliados tradicionales se resiente.

Europa, entre la distancia y la prudencia

La relación con los gobiernos europeos ha ido tornándose fría desde el retorno de Trump. Su investidura fue un termómetro: solo invitó a unos pocos liderazgos del continente, y la expectación se centró en figuras como Viktor Orbán y Giorgia Meloni.

La sintonía mostrada en momentos puntuales con Meloni —que llegó a visitar Mar-a-Lago en varias ocasiones— se ha visto socavada por desencuentros recientes, incluida la propia crítica pública de Trump al papa, que la primera ministra italiana consideró inaceptable.

La fragmentación se refleja en las encuestas: el apoyo al presidente estadounidense permanece bajo en buena parte de Europa, con muestras de rechazo que oscilan en torno a cifras de baja aceptación en países como Italia, Francia, Reino Unido y Alemania.

Para líderes europeos, la ecuación es delicada: deben calibrar la relación con Washington sin perder de vista la opinión pública y los propios equilibrios internos. Ese margen de maniobra explica por qué la alianza transatlántica se mueve ahora en términos más prudentes y menos automáticos.

América Latina: un escenario más afín

En contraste con Europa, varias capitales latinoamericanas han ofrecido una acogida más favorable a la Administración estadounidense. El giro hacia la derecha en la región, con figuras como el argentino Javier Milei, ha reforzado vínculos políticos y de seguridad con Washington.

Trump convocó en marzo un encuentro en Florida bautizado como Escudo de las Américas, al que asistieron líderes como Milei, Daniel Noboa (Ecuador), Nayib Bukele (El Salvador) y José Antonio Kast (Chile). Ese foro forma parte de una estrategia para promover iniciativas bilaterales y coaliciones alternativas a organismos multilaterales tradicionales.

Asimismo, la Administración ha impulsado una «Junta de Paz» —un foro con más de veinte miembros— como palanca diplomática alineada con la ofensiva israelí en la Franja de Gaza. No obstante, expertos advierten que la afinidad ideológica no garantiza adhesión automática a todas las decisiones de la Casa Blanca.

El investigador de CIDOB subraya el riesgo político: involucrarse demasiado en campañas o en agendas externas puede volverse en contra de quienes apoyan a Washington, como mostró la dinámica reciente en Hungría.

¿Qué debe vigilar el público ahora?

Las próximas semanas serán clave: las decisiones sobre el uso de bases, la reacción de mercados energéticos y la postura de gobiernos clave en la OTAN marcarán si la coalición que Trump pretendió tejer resiste o se desintegra. Para ciudadanos y empresas, esto significa estar atentos a movimientos en precios de la energía, cambios en rutas comerciales y noticias sobre despliegues militares en la región.

En definitiva, la ofensiva contra Irán ha expuesto los límites de una estrategia basada en lealtades circunstanciales: en política exterior, la confianza y la previsibilidad parecen volver a ser moneda escasa.

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