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La tecnología está transformando el rostro de los conflictos y deja en evidencia una brecha estratégica: Europa corre el riesgo de quedarse atrás frente a Estados Unidos, China y Rusia. Ese es el diagnóstico del coronel retirado Enrique Fojón, experto en relaciones internacionales y analista del Centro de Seguridad Internacional de la Universidad Francisco de Vitoria, quien apunta a la guerra de Ucrania como punto de inflexión.
Ucrania como laboratorio de la nueva guerra
Para Fojón, muchas capacidades ya existían, pero fue el conflicto ucraniano el que las puso en práctica a gran escala y comprobó su impacto real sobre el terreno. Sistemas que antes eran complementarios —desde pequeños vehículos aéreos no tripulados hasta ataques cibernéticos— han cambiado la naturaleza de la confrontación.
Un ejemplo práctico: los blindados tradicionales quedan expuestos ante ataques aéreos desde ángulos no previstos en su diseño. El resultado es que la efectividad de ciertas plataformas clásicas se reduce cuando aparecen nuevas amenazas y tácticas.
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De manera paralela, el desarrollo de la Inteligencia Artificial pretende abordar escenarios en los que múltiples factores interactúan de forma compleja. Fojón advierte que todavía no está resuelta la pregunta de si la IA podrá integrarse rutinariamente en decisiones letales sin elevar el riesgo de fallos.
Errores, responsabilidad y automatización
Ante incidentes atribuidos a fallos tecnológicos que han tenido consecuencias trágicas, Fojón subraya la diferencia entre la información periodística y la investigación rigurosa. No obstante, remarca una idea central: transferir decisiones de vida o muerte a sistemas automatizados introduce riesgos propios, porque elimina componentes humanos como el juicio contextual o la capacidad de medir consecuencias imprevistas.
Eso no significa que la tecnología sea intrínsecamente perversa, sino que su uso exige controles, transparencia y marcos legales y operativos claros.
Del monopolio militar al protagonismo privado
Otra transformación relevante es la inversión y la innovación lideradas hoy por grandes compañías tecnológicas, no por los ejércitos. Corporaciones con capacidad financiera y agilidad para asignar recursos están impulsando desarrollos que luego usan las fuerzas armadas.
Es el caso de redes satelitales y servicios de comunicaciones que, en conflictos recientes, han resultado críticos. Fojón apunta a Starlink como un ejemplo de cómo actores privados pueden convertirse en piezas clave de la capacidad operativa.
Ese giro también plantea un problema de talento: los ingenieros y expertos prefieren el sector privado por salarios y condiciones, lo que obliga a las fuerzas armadas a repensar modelos de captación y formación.
- Reclutamiento: contratos temporales o vías mixtas para atraer especialistas.
- Formación: inversión en capacitación tecnológica continua.
- Colaboración público-privada: marcos que permitan cooperación sin ceder el control estratégico.
Riesgos extendidos: la democratización de la destrucción
La menor barrera técnica para acceder a herramientas dañinas —drones comerciales, kits de interferencia y herramientas digitales— multiplica la amenaza. Grupos no estatales, redes criminales y actores terroristas pueden usar esas capacidades con efectos desproporcionados.
En palabras de Fojón, la seguridad de un país depende ahora tanto de su avance científico y económico como de su capacidad para desplegar contramedidas tecnológicas efectivas.
| Actor | Ventaja principal | Limitación clave |
|---|---|---|
| Estados Unidos | Alcance global y dominio tecnológico | Necesidad de alinear política y aliados |
| China | Economía y avance industrial sostenido | Gestión de tensiones geopolíticas y rivalidades |
| Rusia | Capacidad militar y disposición a técnicas de desestabilización | Limitaciones demográficas y económicas |
| Europa | Recursos acumulados y experiencia | Falta de unidad estratégica y logística compartida |
¿Puede Europa defenderse sola?
Fojón sostiene que, en el plano estratégico, Europa no está organizada para sostener conflictos modernos sin el apoyo estadounidense. No se trata solo del presupuesto: es esencial definir un concepto operativo común, estructuras de mando claras y cadenas logísticas e de inteligencia integradas.
Enviar unidades puntuales a zonas como el estrecho de Ormuz es posible, pero carece de sentido sin respaldo logístico y mando coordinado. A su juicio, la duda sobre quién lidera —y bajo qué mandato— sigue siendo un freno real.
En España, ese debate debe enlazarse con prioridades nacionales: control del Sahel, estabilidad en Libia y seguridad fronteriza con África requieren planes específicos y financiación dirigida, más que un objetivo genérico de gasto en defensa.
Guerra híbrida, desinformación y actores estatales
Rusia ha demostrado, según el coronel, una estrategia deliberada para minar la cohesión occidental usando ciberataques, campañas de desinformación y presiones asimétricas. Su ventaja operativa es la menor sujeción a normas internacionales.
China, a su vez, compite en varios frentes: militar, tecnológico y económico. La rivalidad con Estados Unidos ya no es solo militar; es una carrera por la supremacía tecnológica y por la influencia en cadenas de valor globales.
Sobre la posibilidad de un conflicto abierto por Taiwán, Fojón considera que las tensiones existen y son peligrosas, pero apunta que la interdependencia económica y la cautela de sus líderes moderan, por ahora, el riesgo de una confrontación directa a gran escala.
Para ciudadanos y responsables políticos la conclusión es clara: la seguridad contemporánea exige más que inversión en material; reclama estrategia, talento, cooperación público-privada y voluntad política para coordinar recursos y decisiones.












