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La muerte de Maricarmen Abascal, conocida en la acampada de la Puerta del Sol como la figura que simbolizaba la lucha contra los desalojos, ha encendido una ola de protestas y de debates públicos sobre el acceso a la vivienda. Ocurrió tras permanecer ingresada desde que, hace dos semanas, fue desahuciada del piso en el que vivió décadas; su fallecimiento ha reforzado la movilización en el kilómetro cero de Madrid y ha tensado el calendario político.
Junto a la fachada de la Real Casa de Correos se ha improvisado un altar repleto de velas, flores y carteles con mensajes que van desde el agradecimiento hasta la indignación. Vecinos, activistas y transeúntes depositan ofrendas y relatan cómo el caso de Maricarmen se ha convertido en un foco de protesta contra un modelo de vivienda que consideran excluyente.
Aitana López, de 26 años, que ha pasado varias noches en la acampada, describe la muerte como «un aviso» que debe provocar cambios reales. Ella, recientemente despedida y aún viviendo con sus padres, sostiene que la historia de la anciana ha servido para movilizar a gente que hasta ahora no participaba.
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Del desahucio al símbolo
La acampada, que arrancó el 26 de septiembre, tomó fuerza a raíz del desalojo de la mujer y de su prolongada campaña para recuperar el hogar. La plataforma Acampada 26S ha reclamado que la responsabilidad no es solo individual sino estructural: responsabiliza al fenómeno del alquiler especulativo y a las prácticas de ciertos propietarios de haber empujado a Maricarmen a una situación límite.

Según la organización, la empresa propietaria, Urbagestión, ofreció después un acuerdo para permitir el retorno de la mujer a su vivienda, pero ese compromiso llegó cuando ya era demasiado tarde. Activistas insisten en que el caso evidencia fallos en los protocolos que deberían proteger a personas vulnerables frente a los desalojos.
En la plaza conviven militantes, vecinos y turistas que se acercan a fotografiarse junto al altar. Voluntarios ordenan carteles y recogen ofrendas; unos intentan consolarse frente a la pérdida, otros trabajan para convertir la conmoción en presión política y social.
- Impacto político: la movilización ha contribuido a reordenar la agenda pública y a acelerar decisiones políticas.
- Acción sindical: CCOO, UGT y organizaciones de inquilinos han consensuado una huelga general para el 11 de noviembre.
- Movilización sostenida: los organizadores dicen que la acampada no tiene fecha de finalización y que continuarán presionando.
- Examen público a propietarios: crece la exigencia de cambios en la regulación del alquiler y en la actuación de grandes inmobiliarias.
Voces desde dentro del campamento
Oriol Erausquin, profesor de sociología y uno de los primeros en montar tienda en la plaza, afirma que el fallecimiento ha transformado la tristeza en determinación. Para él, lo sucedido confirma «una injusticia estructural» que exige respuesta colectiva: la denuncia se dirige tanto a quienes gestionan la vivienda como a quienes, desde las instituciones, permiten que el fenómeno crezca.

No confían en soluciones puramente electorales. «Sea cual sea el gobierno, nos encontrarán organizados», repiten participantes que defienden mantener la acampada hasta lograr medidas concretas.
Entre las acampadas, Araceli —sentada junto a compañeras— subraya que la historia de Maricarmen no es un caso aislado y recuerda la angustia de muchas familias que no pueden emanciparse. Señala a los grandes fondos y a la especulación como causas fundamentales y reclama un giro profundo en las políticas de vivienda.
María Teresa, de 70 años, asiste cada día y llegó a pasar una noche en la plaza. Emocionada, lamenta que Maricarmen no haya podido morir con la tranquilidad de estar en su casa y carga la responsabilidad sobre los gobernantes y, en su opinión, también sobre la sociedad que los elige.
Qué queda en juego
El caso pone bajo la lupa varios ámbitos: la protección de personas mayores frente a desalojos, la regulación del mercado del alquiler, la respuesta administrativa a emergencias sociales y el papel de los grandes propietarios. Para quienes ocupan la Puerta del Sol, la muerte de Maricarmen debe convertirse en un punto de inflexión que obligue a cambios reales y medibles.
La acampada sigue siendo un espacio de duelo y de reivindicación. En el entorno, los carteles recuerdan reivindicaciones más amplias: sanidad, pensiones y salarios dignos. Los organizadores apuestan por traducir el impulso ciudadano en presión legislativa y en actuaciones concretas contra la especulación inmobiliaria.
Mientras tanto, en la plaza persisten las velas y los mensajes: no solo un homenaje a una persona, sino un reclamo para que las políticas de vivienda protejan a quien lleva décadas arraigado en su hogar. El reto ahora es que ese clamor se transforme en medidas que eviten que otro caso como el de Maricarmen termine en tragedia.











