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En el décimo aniversario del referéndum que abrió la puerta al Brexit, la política británica vuelve a exhibir cómo los partidos gestionan sus propias crisis internas, mientras en España mecanismos similares de rendición de cuentas son impensables. Lo ocurrido esta semana pone sobre la mesa diferencias importantes en la forma en que ambos sistemas permiten cambiar de liderazgo y qué consecuencias tiene eso para la estabilidad.
Desde el 23 de junio de 2016 el Reino Unido ha vivido una sucesión de jefes de Gobierno que refleja tensión y volatilidad: seis primeros ministros en una década, cinco de ellos del Partido Conservador. Ese ritmo de cambios compromete la continuidad política, pero también evidencia una dinámica interna en la que los parlamentarios ejercen presión directa sobre sus líderes.
En varios casos, los relevos no llegaron por la vía electoral, sino por decisiones del propio aparato parlamentario. Cuatro de los mandatarios conservadores fueron empujados a dejar el puesto por la reacción de sus colegas dentro del partido; cuando la mayoría de diputados se desmarca, la continuidad se vuelve insostenible.
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Un pulso interno que ahora afecta al Labour
Esta misma lógica se ha desplegado en las filas del Partido Laborista: gran parte de los 403 diputados laboristas en los Comunes han utilizado los mecanismos parlamentarios para forzar un cambio en la dirección. El primer ministro Keir Starmer no aprovechó, según sus críticos, la mayoría amplia que tuvo en su periodo en el poder y finalmente presentó su dimisión.
El relevo ya se ha activado: existe al menos un aspirante conocido dispuesto a competir por la residencia oficial en el número 10 de Downing Street, lo que planteará una disputa interna abierta antes que una elección al estilo continental.
Ese modo de proceder —decidir en el hemiciclo y por la presión de los propios— contrasta con la práctica española reciente, donde las primarias dejaron de ser una vía real de renovación y, para muchos observadores, se convirtieron en un trámite que terminó reforzando el control del aparato partidario.
¿Qué significa esto para la política española?
En el caso español, la selección de candidaturas ha estado dominada por el aparato orgánico de los partidos. En el seno del Grupo Parlamentario socialista, una amplia mayoría de los diputados fueron situados en las listas con el aval del llamado sanchismo. Esa composición coloca un freno importante a cualquier intento de sustitución interna por la vía parlamentaria.
El resultado es claro: si el cambio no se produce desde dentro, todo queda supeditado a la posibilidad de que ocurra desde fuera, por ejemplo a través de la pérdida de apoyos electorales o de alianzas que precipiten una crisis.
| Año | Primer ministro | Partido | Causa de salida (resumen) |
|---|---|---|---|
| 2016 | David Cameron | Conservador | Renuncia tras el resultado del referéndum |
| 2016–2019 | Theresa May | Conservador | Imposibilidad de cerrar un acuerdo que sumase apoyo |
| 2019–2022 | Boris Johnson | Conservador | Perdida de confianza dentro del partido |
| 2022 | Liz Truss | Conservador | Revuelo económico y rechazo parlamentario |
| 2022–2024 | Rishi Sunak | Conservador | Relevo tras crisis interna y reconfiguración política |
| 2024–2026 | Keir Starmer | Laborista | Salida forzada por presión interna del grupo parlamentario |
Las diferencias prácticas entre ambos países se pueden condensar en pocas consecuencias concretas:
- Responsabilidad interna: en el Reino Unido, los diputados tienen capacidad real para forzar relevos sin esperar a elecciones generales.
- Estabilidad vs. rendición de cuentas: más cambios pueden dañar la gobernabilidad, pero también permiten castigar a líderes que pierden apoyo parlamentario.
- Centralización en España: la designación de candidatos desde las cúpulas reduce la presión interna como herramienta de control.
En resumen, el ejemplo británico muestra un modelo de corrección interna que, aunque imperfecto y a menudo tumultuoso, posibilita un tipo de rendición de cuentas distinta a la que se practica en España. La lección para la política española, y para los electores, es que los arreglos internos de los partidos determinan tanto la capacidad de renovación como la salud democrática del sistema.












