Claudio Tolcachir impulsa un teatro de riesgo: busca funciones impredecibles

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Tras más de dos mil representaciones por medio mundo, La omisión de la familia Coleman vuelve a Madrid, pero la oportunidad es breve: quedan solo tres funciones en el Teatro Infanta Isabel. La pieza, interpretada por un elenco coral, ofrece un humor corrosivo que sitúa a sus personajes en los márgenes de la normalidad familiar y social.

La propuesta llega con la energía que le dan ocho intérpretes que se mueven con precisión coral; la obra combina ironía y ternura para mostrar cómo un sistema de supervivencia —más que un conflicto puntual— sostiene a esos personajes estrambóticos.

Un creador en movimiento

Claudio Tolcachir atiende en un pequeño local del Rastro donde no solo ensaya, sino que también da clases. Allí conjuga su faceta de director con la de actor y docente, un trípode que, en su opinión, alimenta cada disciplina. La conciliación familiar le obligó a reducir los viajes; antes dividía el año entre Argentina y España, pero hoy la estabilidad escolar de sus hijos marca otro ritmo.

Le atraen los desafíos que no sabe resolver de entrada: proyectos que lo obligan a investigar y a exponerse. Esa inquietud lo empuja a alternar montajes grandes con trabajos más íntimos y a mantener una actividad pedagógica constante.

Para Tolcachir, la enseñanza no es aplicar una receta, sino abrir un espacio de descubrimiento. Conocer a cada alumno —su lógica, sus miedos, su relación con el cuerpo— es el punto de partida para construir escenas que funcionen desde la verdad del actor.

  • Obra: La omisión de la familia Coleman
  • Teatro: Teatro Infanta Isabel, Madrid
  • Funciones restantes: 3
  • Elenco: trabajo coral de ocho actores
  • Trayectoria: más de 2.000 representaciones internacionales

De la improvisación al texto

El origen de Coleman fue colectivo y experimental: largas sesiones de improvisación en las que los intérpretes dieron forma a personajes antes de que Tolcachir pasara a fijar el texto. Fue un proceso por fases: primero la sala y la improvisación, después la escritura en soledad, con los ritmos y la música de las voces aún en la memoria.

Aunque la pieza no encajó al principio en las programaciones institucionales de Buenos Aires, el equipo insistió y, con el tiempo, la obra encontró su público y su circuito. Para el autor, el valor más grande del proyecto ha sido la confianza y el trabajo compartido del grupo, más que los reconocimientos formales.

Actuar para volver a conectar

Tras un periodo alejado de la actuación, Tolcachir regresó con el monólogo Rabia, un reencuentro con el placer de dejar que las imágenes y las emociones recorran su propio cuerpo. Dice que actuar le permite recuperar el origen primario del oficio y lo nutre como director y docente.

Ese retorno no es anecdótico: actuar lo obliga a enfrentarse a la incertidumbre desde otro lugar y a poner en práctica, sobre el escenario, aquello que enseña en el aula.

Miradas sobre la periferia

En Los de ahí, estrenada en el María Guerrero, Tolcachir trasladó a escena las nuevas precariedades urbanas: jóvenes repartidores en bicicleta que pasan desapercibidos para la mayoría, pero que sostienen una economía cotidiana. La intención fue humanizar nombres y cuerpos anónimos y explorar cómo se vive desde la periferia social y cultural.

Varios asistentes vinculados al sector de reparto reconocieron sentirse retratados con honestidad: la obra buscó desmontar estereotipos y hacer visible la complejidad de esas vidas.

El teatro debe ser accesible, defiende Tolcachir: profundo y exigente, pero capaz de comunicar a audiencias diversas sin renunciar a la complejidad.

Además de la programación vigente, el director no detiene su curiosidad: prepara una pieza de teatro-danza con la bailarina Cristiana Morganti —vinculada a la estética de Pina Bausch— y un proyecto para público infantil en el Centro Dramático Nacional. Son retos que, reconoce, lo ponen en tensión y también lo mantienen activo.

Si le interesa el teatro contemporáneo y la escena de autor, estas tres funciones restantes de La omisión de la familia Coleman en Madrid son una última oportunidad para ver en vivo un montaje que ha ido creciendo con el tiempo y que sigue buscándose en cada función.

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