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Desde el choque ferroviario del 18 de enero en la provincia de Córdoba, mis desplazamientos por España han puesto en evidencia una contradicción clave: mientras la Unión Europea refuerza normas para el bienestar de animales en transporte, los viajeros humanos afrontamos retrasos, trenes incómodos y carreteras en deterioro. Es una señal del debate sobre prioridades en inversión pública y del impacto directo que tiene sobre la movilidad cotidiana.
En las últimas cinco semanas y media he realizado múltiples trayectos que permiten trazar un diagnóstico práctico. Ocho viajes en tren, todos con demoras que superan la hora de media desde que se reajustaron los horarios; cuatro vuelos que, en general, salieron y aterrizaron en hora; y más de 2.500 kilómetros recorridos en coche por 15 provincias, usando autopistas de peaje, autovías, carreteras nacionales y vías autonómicas. La conclusión, por experiencia propia y de otros pasajeros, es claramente negativa.
Relato desde la ruta
Los recorridos por carretera confirman un problema persistente: el firme muestra un deterioro creciente, con baches recurrentes y la aparición de pequeños socavamientos en tramos puntuales. No obstante, conviene subrayar que en lugares como Jaén y Despeñaperros los daños han sido de otra magnitud para muchos conductores y transportistas.
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En tren, además de los retrasos —un síntoma evidente de una red que aún no se recupera del accidente—, se notan dos problemas concretos: el mal estado de las vías, que provoca traqueteo y movimientos bruscos, y una experiencia de viaje degradada por el confort de los convoyes. Los modelos recientes de Talgo, por ejemplo, despliegan más ocupación y asientos que resultan menos ergonómicos y más estrechos.
El avión sigue siendo competitivo en puntualidad, pero la experiencia en aeropuertos empeora cuando el acceso al aparato se hace en autobús desde la terminal, con desplazamientos incómodos y mayor exposición a retrasos logísticos. Todo ello alimenta una sensación general de trato impersonal entre los pasajeros.
¿Por qué importa ahora?
La fiabilidad del transporte tiene consecuencias inmediatas para la economía, la cohesión territorial y los objetivos climáticos. Cuando los trenes son menos competitivos por demora o incomodidad, muchas personas optan por el coche, lo que aumenta emisiones y presión sobre carreteras ya dañadas. La forma en que se priorizan las inversiones determina si el país avanza hacia una movilidad más sostenible o retrocede en esa dirección.
- Mantenimiento de vías: inspecciones más frecuentes y renovación de balasto y traviesas.
- Actualización de material rodante: trenes con asientos y capacidad pensados para el confort y la accesibilidad.
- Repavimentación focalizada de carreteras críticas y reparación de socavamientos.
- Mejor coordinación en aeropuertos para reducir transbordos y retrasos por logística.
- Planes de contingencia que minimicen el impacto de incidentes en la red ferroviaria.
Consecuencias prácticas
Para viajeros y empresas, los efectos son tangibles: pérdida de tiempo, costes adicionales por retrasos y un descenso de la confianza en el transporte colectivo. Desde el punto de vista público, se traduce en la necesidad de revaluar el reparto presupuestario entre obras nuevas y conservación de la infraestructura existente.
También hay un componente político: la ciudadanía exige soluciones visibles y rápidas. Reforzar el mantenimiento preventivo y avanzar en la modernización de flotas puede devolver atractivo al tren y liberar autopistas congestionadas.
Una paradoja normativa
Resulta llamativa la disparidad entre normas europeas que mejoran el viaje de animales en camiones —con exigencias de bienestar que incluyen paredes acolchadas y climatización— y la situación de las personas en rutas y vuelos. No es una comparación ornamental: subraya cómo se distribuyen las prioridades regulatorias y presupuestarias.
Si la meta es trasladar viajeros del coche al tren por razones ambientales y de seguridad, la experiencia del pasajero debe ser coherente con ese objetivo: puntualidad, confort y seguridad. Sin ello, la transición queda comprometida.
En suma, la fotografía reciente del transporte en España muestra grietas que requieren atención inmediata. Mantener rutas seguras y servicios fiables no es solo una cuestión técnica: es una inversión en tiempo, economía y calidad de vida.












