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Mara Mariño, periodista y autora de 33 años conocida por su columna en PoliticAhora, publica ahora Sexpidemia, un ensayo que aterriza la discusión sobre sexo, masculinidad y violencia en el terreno de las redes. La salida del libro coincide con una noticia personal: su próxima boda, un dato que ella usa para ilustrar cómo el feminismo se practica en la vida cotidiana y por qué importa en la era digital.
Un diagnóstico sobre lo que circula en la red
En Sexpidemia, Mariño rastrea cómo plataformas abiertas y grupos cerrados modelan la manera en que adolescentes y jóvenes entienden la sexualidad. Su conclusión es clara: muchas prácticas que se normalizan en internet terminan influyendo en las relaciones y en la forma en la que algunos varones interiorizan roles de poder.
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La autora describe el problema como menos oscuro de lo que parece: no es un rincón inaccesible de la red, sino contenidos de fácil acceso que no piden comprobación de edad y que se distribuyen en canales corrientes como YouTube, Telegram o cadenas de mensajería. Ese acceso cotidiano convierte formas de violencia y humillación en material de consumo.
Cosificación, castigo y control
Mariño distingue dos mecanismos que, según ella, operan a la vez para limitar la libertad de las mujeres: la reducción del cuerpo a un objeto y las prácticas de castigo cuando no se cumple con expectativas. En sus palabras, la primera permite consumir a la persona como producto; la segunda busca someter mediante amenazas, difusión de imágenes o ataques coordinados en redes.
Más allá de etiquetas teóricas, la escritora conecta esas dinámicas con fenómenos concretos: grupos que comparten pornografía, la circulación de imágenes íntimas sin consentimiento y el uso de tecnologías para crear rostros y cuerpos falsos que alimentan una economía de violencia.
¿Prohibir la pornografía? Los matices del debate
Mariño no oculta su rechazo hacia la pornografía que reproduce violencia y degradación, pero advierte que prohibir no es una solución sencilla. La industria mueve mucho dinero y la pornografía ya se cuela por caminos inesperados: anuncios en juegos, enlaces en aplicaciones o preservos en chats. Por eso su propuesta va más allá del cierre de plataformas: pide políticas públicas, educación y medidas legales concretas.
La discusión se complica cuando entra la inteligencia artificial. La autora alerta sobre el uso de la IA para fabricar imágenes, manipular rostros y facilitar delitos que las leyes actuales no regulan con rapidez suficiente. En su libro llama a poner este problema en la agenda legislativa y a considerar agravantes cuando la tecnología se emplea para dañar.
¿Qué pueden hacer padres y escuelas?
Mara pone el foco en la responsabilidad adulta: los progenitores no siempre saben por dónde navegan sus hijos y, en muchos centros educativos, el profesorado está sobrecargado para atender también la esfera digital. Su propuesta incluye formación específica para docentes y programas escolares que integren la educación sexual con la alfabetización digital.
- Para familias: limitar tiempo de pantalla en edades tempranas, supervisar aplicaciones y conversar sin prejuicios sobre sexualidad y consentimiento.
- Para escuelas: incorporar módulos prácticos sobre uso responsable de redes, detección de conductas abusivas y recursos de denuncia.
- Para instituciones: impulsar legislación que contemple agravantes por uso de IA en delitos sexuales y promover protocolos de protección para víctimas.
En su análisis hay un elemento político y económico: la lucha por regular el acceso de menores choca con los intereses comerciales de grandes plataformas cuyo modelo se basa en la atención y el consumo constante.
Experiencia personal y relato público
El libro no es sólo ensayo teórico: Mariño comparte episodios de su vida para ilustrar cómo se aprenden ciertos comportamientos. Relata haber vivido situaciones de maltrato y episodios de violencia en citas que, en su opinión, están vinculados a patrones que la pornografía contribuye a normalizar. Estas experiencias personales sirven a la autora para reivindicar la necesidad de herramientas y apoyos —terapia, redes de ayuda, educación— que permitan identificar y actuar ante la violencia.
También explica por qué invitó a Cristina Fallarás a prologar el libro: no como adhesión acrítica, sino por la influencia que su trabajo ha tenido en su formación como feminista y divulgadora.
Qué se juega hoy
El mensaje central de Sexpidemia es práctico y urgente: la conversación sobre sexualidad en la era digital no puede limitarse a moralismos ni a prohibiciones ingenuas. Hay que combinar prevención, educación y cambios legales para frenar prácticas que normalizan la violencia y para proteger a quienes están más expuestos.
Si hay algo que obliga a la lectura es la sensación de que esto ya está ocurriendo ahora mismo, no en un futuro hipotético. Para los lectores esto implica una llamada de atención: revisar rutinas familiares, exigir formación en los centros escolares y apoyar medidas legislativas que consideren el papel de la tecnología en los delitos sexuales.
En definitiva, Mariño ofrece un diagnóstico que busca traducirse en políticas y prácticas concretas: no es suficiente denunciar lo que circula; hace falta un plan integral para que las nuevas generaciones aprendan a relacionarse con respeto, consentimiento y responsabilidad digital.












