Antonio Banderas exige votantes formados para salvar la credibilidad de las urnas

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Antonio Banderas estrena hoy en Madrid una nueva versión de Godspell que combina ritmo, humor y solemnidad: para el actor, el montaje es una reclamación pública sobre la importancia de la cultura como factor estabilizador en tiempos de desorientación social. Su lectura del musical —y las decisiones escénicas que ha tomado— buscan conectar con públicos jóvenes saturados por el ruido digital.

Godspell, clásico de finales de los años 60 y 70 con música de Stephen Schwartz, llega al Gran Teatro Pavón con la firma de Banderas en la dirección. La pieza reinterpreta episodios del Evangelio de San Mateo desde una óptica grupal y urbana: jóvenes que buscan sentido y ofrecen un mensaje de paz que, según el director, sigue siendo radical hoy.

En conversación con la prensa, Banderas rememora que su vínculo con Godspell nació en la adolescencia: lo vio por primera vez con 15 años y siempre pensó en interpretarlo. Sin embargo, la falta de recursos en sus primeros años en Málaga y la inmadurez del teatro musical en Madrid le impidieron materializar aquel sueño hasta ahora.

Una puesta que mezcla juego y solemnidad

La lectura que presenta el director descontextualiza la historia: plantea a los intérpretes refugiados en una iglesia bombardeada, con personajes que alternan entre actor y figura religiosa en un constante juego de metateatro. Esa ambigüedad —¿actúan o encarnan?— es intencionada y mantiene activo al público.

Al mismo tiempo, Banderas rehúye la gravedad constante: la pieza incorpora elementos cómicos y ligeros para que la espiritualidad no resulte impositiva. “Nos pintamos como payasos para jugar”, explica el director, que apuesta por una mezcla plural de formas teatrales para reforzar la teatralidad y el doble espejo entre actores y espectadores.

Dirección desde la experiencia del actor

Como director que también ha dejado una larga huella como intérprete, Banderas dice que entender a quienes actúan le resulta esencial. Sostiene que dirigir amplía su comprensión de la actuación: desde fuera detecta con más facilidad los nudos técnicos que impiden a un intérprete llegar a un lugar verdadero.

Eso se traduce en un reparto al que ha ido recuperando de proyectos previos y en la incorporación de voces nuevas. Para él resulta imprescindible trabajar con músicos en directo: en su montaje nada está pregrabado, y sostiene que esa honestidad sonora forma parte de la conexión entre escenario y sala.

Contexto político y cultural

La conversación deriva hacia la realidad social y política: Banderas declara su preocupación por las políticas migratorias en Estados Unidos y explica que su familia en California vive con inquietud ese clima. Identificado con el Partido Demócrata, subraya la relevancia del voto y la educación cultural como herramientas para mejorar la convivencia democrática.

Para el director, la solución pasa por formar lectores y espectadores críticos. Recomienda a los jóvenes acercarse a los clásicos y a las artes —desde El Quijote y la poesía de Lorca hasta los cuadros de Goya y Picasso— como forma de construir criterio y resistencia frente a la sobreabundancia informativa del móvil.

“La cultura exige paciencia”, advierte; y añade que la sobreestimulación digital ha creado un déficit de atención que sólo se corrige con prácticas sostenidas de lectura, teatro y análisis.

Qué ofrece Godspell hoy

Más allá de su origen contracultural ligado al movimiento hippie —paz, amor y crítica a las instituciones—, esta versión de Godspell pretende ser una llamada humanista: una obra que recupera la palabra y la experiencia compartida como espacios de reflexión colectiva.

  • Mensaje: un humanismo que recupera ecos del Evangelio pero los sitúa en claves contemporáneas.
  • Estética: plural y lúdica, con recursos que van de la máscara a la marioneta.
  • Sonoridad: apuesta por la ejecución en vivo para mantener la tensión entre escena y público.

En un tiempo en que las conversaciones públicas a menudo se reducen a titulares y consignas, Banderas plantea al teatro como un “refugio para la verdad”: un lugar donde la inteligencia humana se reúne sin intermediarios tecnológicos y donde la mirada colectiva puede encontrar, aunque sólo sea por unas horas, sentido y comunidad.

Godspell llega ahora con esa ambición: provocar risa y emoción, ofrecer juego y, de paso, recordar que la cultura sigue siendo una herramienta cívica y formativa frente a la fragmentación del presente.

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