La última frontera

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Las fronteras son conceptos polémicos. Hay quienes defienden su desaparición en aras de alcanzar un mundo plenamente interconectado, multicultural, unificado; y los hay que abogan por levantar muros inexpugnables para aislar a su nación del resto del mundo, recurriendo a argumentos autocráticos y poco en la onda de la actual dinámica de progresión de la humanidad.

Y, luego, estamos los que pensamos que las fronteras no son buenas, ni malas. Son un instrumento. Necesario en algunos casos e indeseable en otros. Los europeos, una vez asumida la importancia de la existencia de la Unión que formamos, tenemos meridianamente claro que no puede haber fronteras entre nosotros. Es absurdo que un español no pueda viajar libremente a Suecia; que un austríaco no pueda comerciar en Francia; que un italiano no pueda residir en Alemania; y, así, sucesivamente.

Por otro lado, hay ocasiones en las que diferenciar determinadas cosas es recomendable. De la misma forma que el aceite es indisoluble en agua (solución universal, como ya sabrán), existen determinadas culturas o modelos de sociedad o gobierno que son incompatibles con otras. Una civilización como la nuestra, la occidental, garante de derechos y libertades, guarda pocas semejanzas y nulas posibilidades de entendimiento con culturas de carácter antiliberal, autoritario y basadas en la imposición. Se podría decir (y permitan que me exceda con la metáfora) que occidente, Europa, trata de ser como el agua: todo es soluble dentro de nuestro paraíso integrador. Pero, como en la química, la vida misma nos responde con determinados elementos que, sencillamente, no se disuelven en el agua, sino todo lo contrario. Se separan, se diferencian y demuestran ser irreconciliables.

Ante un vaso de agua incapaz de aceptar esta verdad empírica, siempre viene bien que haya alguien que ponga algo de cordura. Y, por entrar en materia, ese alguien es Polonia, hoy día. Por sintetizar, un régimen comunista y autoritario (valga la redundancia) como el de Lukashenko en Bielorrusia, después de ningunear a la Unión Europea interceptando un avión comercial con pasajeros europeos para detener a un disidente del régimen, ahora se dedica a lanzar (casi literalmente) hordas de refugiados de origen musulmán hacia la frontera con Polonia, a fin de forzar una entrada masiva en el país y generar inestabilidad en el este europeo para reforzar su posición. Un pulso que no dista, en absoluto, del llevado a cabo por el monarca marroquí en las plazas africanas de España. Y parece que los medios de comunicación progresistas y las organizaciones humanitarias del mismo corte ideológico estén encantados.

Tenemos un serio problema de conceptos en nuestra sociedad. Numerosos agentes sociales se jactan de tildar de fascistas y xenófobos a los gobernantes polacos mientras lo único que intentan es defender su país, a su gente, de una amenaza promovida por un estado verdaderamente dictatorial con el único afán de obtener poder geopolítico y amenazar la integridad del bloque europeo dentro de un juego de poderes internacional en el que tanto Rusia como China, arengadas por la agenda (y los millones) de ciertos filántropos de renombre, nos llevan una increíble ventaja. Entretanto, damos la espalda a un problema creciente como es la evidente incompatibilidad de la cultura que traen consigo los refugiados, la musulmana e islámica, con los principios y valores que rigen, o deberían regir, la vida en libertad que tanto tiempo, esfuerzo y sangre nos ha costado obtener y asentar en el viejo continente. Marginalidad, crimen, terrorismo, y muchas otras consecuencias que, si bien no son achacables a la totalidad de la población inmigrante en Europa, son un claro síntoma de una amenaza de la que sí se han percatado nuestros hermanos polacos. La respuesta del gobierno y de la propia sociedad al asalto organizado a su frontera es la última respuesta de una Europa sumida en una peligrosa anestesia que no nos permite ver más allá del ecologismo destructivo, la ideología de género llevada al absurdo y los derechos de los ácaros del polvo que residen en nuestros sofás.

Cada día está más claro: Polonia, y quien siga su ejemplo, es el único bastión de nuestra forma de vida. La última frontera entre la libertad y la barbarie. Cuidemos lo que nos permitió romper con la tiranía evitando que nos hagan tragar con ella disfrazada de solidaridad y progresismo, tras lo que se esconde una guerra híbrida de lesa humanidad.

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